Es un evangelio del siglo II que no afirma haber sido escrito por María Magdalena, pero ella es su figura principal: aquella a quien Jesús comunicó una revelación secreta sobre la realidad última, para gran disgusto de los discípulos varones, que no pueden creer que Jesús revelara los secretos del mundo a una mujer en lugar de a ellos.
Es un evangelio gnóstico. Con ello quiero decir que se basa en mitos «gnósticos» sobre cómo los seres humanos están atrapados aquí, en sus cuerpos materiales, y necesitan conocer los secretos acerca de sí mismos, del mundo y de cómo escapar de sus prisiones físicas; todo ello mediante el «conocimiento» secreto —en griego, gnosis— que Jesús puede proporcionar.
No tenemos constancia de un Evangelio según María —Magdalena— en la Iglesia primitiva. De hecho, el libro era desconocido hasta su descubrimiento a finales del siglo XIX. Pese al carácter sensacional del hallazgo, no fue ampliamente conocido durante muchas décadas: su primera publicación no llegó hasta 1955. Esto contrasta notablemente con el trato que recibieron otros evangelios descubiertos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, como el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Pedro o la intrigante colección fragmentaria de varios pasajes evangélicos denominada Papiro Egerton 2. Algunos de ellos son, por su propio contenido, menos fascinantes que el Evangelio de María, pero todos se publicaron casi inmediatamente después de su descubrimiento —bueno, el de Tomás, por diversas razones, unos diez años después—.
Es difícil determinar si el relativo desinterés de los estudiosos por el Evangelio de María se debía a: a) que era un evangelio supuestamente escrito por una discípula, o acerca de ella; b) que presentaba una cosmología gnóstica relativamente compleja, en lugar de una narración más sencilla; o c) alguna otra razón. Pero su publicación también se retrasó por una serie de acontecimientos desconcertantes y frustrantes.
Así describo el libro en esa edición:
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El relato comienza in medias res, con Jesús respondiendo a una pregunta de los discípulos sobre si «la materia será destruida o no». La respuesta de Jesús muestra desde el principio la orientación gnóstica del texto. Todas las cosas, y especialmente este mundo material, se disolverán en sus elementos primordiales. En este texto, la materia misma es mala, o al menos susceptible de albergar el mal; su mezcla con el espíritu se denomina «adulterio» y es lo que conduce al «pecado». Pero todas las cosas, indica Jesús, volverán a su estado original.
Tras dirigir varias exhortaciones a sus discípulos, Jesús se marcha. Olvidando inmediatamente lo que Jesús acaba de enseñarles —que este mundo material no es lo que importa en última instancia—, los discípulos varones se ven invadidos por el temor de compartir su destino y ser también ejecutados. Entonces aparece María —casi con certeza María Magdalena: el texto copto la llama MARIHAM y el griego MARRIAMH; ninguna de estas grafías se empleaba normalmente para la madre de Jesús— y los consuela. Pedro le pide que, por ser aquella a quien «el Salvador amaba… más que a las otras mujeres», les cuente a ellos, los discípulos varones, la revelación que Jesús le había comunicado únicamente a ella. María accede y comienza a describir una visión que tuvo de Jesús, pero justamente ahí aparece la segunda gran laguna del texto, de cuatro páginas.
Cuando el texto se reanuda, María se encuentra en medio de un discurso gnóstico que describe el ascenso del alma de regreso a su hogar celestial y espiritual, escapando de los «poderes» de las esferas celestes que separan este mundo del mundo divino situado arriba. Estos poderes representan, de hecho, las ataduras materiales del cuerpo, sus deseos, su ignorancia y sus pasiones. Escapar de esta prisión material del cuerpo significa encontrar, por fin, el descanso eterno.
Cuando María termina de relatar esta revelación, estalla una disputa entre los discípulos varones, que se preguntan si es posible que Jesús revelara sus verdades a una mujer.
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Esto es lo que dice realmente la conclusión del relato —según la traducción del copto:
Cuando María hubo dicho estas cosas, guardó silencio, como si el Salvador le hubiera hablado hasta ese momento. Entonces Andrés tomó la palabra y dijo a sus hermanos:
«Decid lo que queráis acerca de lo que ella ha dicho, pero yo no creo que el Salvador haya dicho estas cosas. Porque estas enseñanzas son, en verdad, ideas extrañas».
Pedro intervino y habló de estas cosas del siguiente modo. Les preguntó acerca del Salvador:
«¿De verdad habló con una mujer a escondidas de nosotros, y no abiertamente? ¿Debemos también nosotros cambiar de parecer y escucharla todos? ¿La eligió a ella por encima de nosotros?».
Entonces María lloró y dijo a Pedro:
«Hermano mío, Pedro, ¿qué estás pensando? ¿Crees que he ideado estas cosas yo sola en mi corazón, o que estoy mintiendo acerca del Salvador?».
Leví tomó la palabra y dijo a Pedro:
«Pedro, siempre estás encolerizado. Ahora veo que discutes con esta mujer como lo hacen los adversarios. Si el Salvador la hizo digna, ¿quién eres tú, por tu parte, para rechazarla? Sin duda, el Salvador la conoce muy bien. Por eso la ha amado más que a nosotros. Más bien, avergoncémonos, revistámonos del ser humano perfecto y hagámoslo surgir en nosotros, tal como él nos ordenó; y prediquemos el Evangelio sin establecer ninguna regla ni ley distinta de lo que ha dicho el Salvador».
Cuando Leví hubo dicho estas cosas, comenzaron a salir para enseñar y proclamar.
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Todo el relato me parece extraordinariamente interesante, tanto la revelación gnóstica como la conclusión. En cuanto a esta última, resulta interesante que también en otros lugares de la tradición cristiana primitiva se presente a Pedro y a María como rivales.
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