Una idea
Si Jesús no era carpintero —tengo mis dudas de que lo fuera—, ¿se nos ocurre alguna razón por la que Marcos pudiera haber querido decir que lo era (Marcos 6:3)? Nunca he visto que se haya discutido esta cuestión, pero sí se puede imaginar una razón.
Recordemos el contexto. En los primeros capítulos de Marcos, Jesús ha estado predicando, curando, expulsando demonios, obrando otros milagros y congregando multitudes. Entonces, en el capítulo seis, llegamos a este pasaje:
1 Salió de allí y se dirigió a su pueblo, y sus discípulos lo siguieron. 2 Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y muchos de los que lo oían estaban asombrados. Decían: «¿De dónde le viene todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¡Y qué prodigios se realizan por sus manos! 3 ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí, entre nosotros?». Y se escandalizaban de él.
4 Jesús les dijo: «A un profeta solo le falta reconocimiento en su propio pueblo, entre sus parientes y en su propia casa». 5 Y no pudo realizar allí ningún prodigio, salvo curar a unos pocos enfermos imponiéndoles las manos. 6 Y se asombraba de su incredulidad.
La observación de que era carpintero parece un comentario casual, introducido sobre la marcha. No parece que Marcos le conceda especial importancia. Pero quizá, en realidad, esté intentando decir algo importante.
Los habitantes del pueblo (algo extraño, puesto que Jesús se había criado con ellos y al parecer, había abandonado el pueblo ya adulto apenas unos meses antes) se preguntan si este es realmente quien parece ser: «el carpintero». Eso, sin duda, tiene importancia para Marcos.
Uno de los grandes temas que recorren este Evangelio en particular es que, durante el ministerio de Jesús, casi desde el principio hasta el final, nadie logra comprender quién es. Lee con atención la primera mitad de Marcos y pregúntate quién conoce su verdadera identidad y quién no. Los únicos que saben que es el Hijo de Dios son: Dios, que se lo dice en su bautismo (Marcos 1:11); Jesús, que oye a Dios decírselo (Marcos 1:11); los demonios que expulsa (Marcos 1:24); y el propio Marcos (Marcos 1:1, etc.). Nadie más lo sabe.
En este Evangelio, la madre y los hermanos de Jesús acuden para apartarlo de la vida pública porque, literalmente, creen que ha perdido el juicio (Marcos 3:20-21); los dirigentes judíos piensan que debe de estar poseído por Belcebú, es decir, por el Diablo, puesto que expulsa demonios (3:22); y se afirma repetidamente que los discípulos no comprenden quién es. De hecho, cuando con una palabra calma el mar embravecido, se preguntan en voz alta: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4:41).
Más adelante lo ven caminar sobre el agua y tampoco lo comprenden: «Pues no habían entendido, sino que sus corazones estaban endurecidos». (Marcos 6:51-52). Dos capítulos más adelante, Jesús les advierte que «se guarden de la levadura de los escribas y los fariseos» (Marcos 8:15), y ellos interpretan mal sus palabras: creen que está enfadado porque se han olvidado de llevar pan, pese a haberlo visto alimentar milagrosamente a miles de personas hambrientas en dos ocasiones distintas. Entonces Jesús expresa su propia exasperación: «¿Todavía no entendéis?» (Marcos 8:21).
Poco después, los discípulos comienzan a vislumbrar algo. El episodio empieza con una pregunta de Jesús: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Marcos 8:27). Los discípulos responden que algunos creen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, un profeta resucitado de entre los muertos. Entonces les dirige la pregunta a ellos: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Marcos 8:29). Pedro, como portavoz del grupo, responde: «Tú eres el Cristo».
Ah, por fin Pedro lo entiende, ¿verdad? Pues no. Solo lo entiende a medias.
Jesús reacciona a la confesión de Pedro ordenando a los discípulos que no lo divulguen: «Y les mandó terminantemente que no hablaran de él a nadie» (Marcos 8:30). Después les dice que «debe padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser ejecutado y resucitar al cabo de tres días» (Marcos 8:31). ¿Y cómo responde Pedro?
Para él, aquello no tiene ningún sentido. Acaba de afirmar que Jesús es el futuro rey de los judíos (= Mesías), ¿y ahora Jesús habla de que sus enemigos lo ejecutarán? Se lleva a Jesús aparte y comienza a reprenderlo. Jesús le responde con las célebres palabras: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Porque no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres» (Marcos 8:33).
Para Marcos —y para todos los demás cristianos primitivos de los que tenemos noticia—, Jesús era el Mesías que debía sufrir y morir. Pedro no logra concebirlo.
En todo este Evangelio, no es hasta después de la muerte de Jesús cuando… alguien comprende que él —precisamente en cuanto Mesías, Hijo de Dios— tenía que ser crucificado. Y quien lo reconoce no es alguien de su familia, ni uno de sus discípulos, ni uno de sus paisanos, ni ninguna otra persona de la que cabría esperarlo. Es el centurión que acaba de crucificarlo. (Quizá Marcos esté expresando simbólicamente que la identidad de Jesús como Mesías crucificado puede resultar incomprensible para los judíos, pero será reconocida abiertamente por los gentiles).
Así que… ¿qué tiene esto que ver con que Marcos indique que Jesús era «carpintero» —o algún otro tipo de trabajador manual: téktōn—?
En la sociedad romana en general, quienes trabajaban con las manos fabricando cosas —carpinteros, herreros, canteros— solían ser considerados personas de oficio humilde, sin instrucción y sin relevancia social. Cuando Marcos pone en boca de los habitantes del pueblo de Jesús que este es un téktōn, está mostrando que no tienen ni idea de quién es realmente, pese a que ha estado haciendo milagros e impartiendo enseñanzas de extraordinaria sabiduría y profundidad. ¿Acaso no es simplemente el téktōn? ¿Ese campesino de clase baja que una vez me arregló la verja?
Pero ¿por qué no hace Marcos que lo identifiquen sencillamente como agricultor, puesto que eso es, casi con certeza, lo que habría hecho durante la mayor parte de su vida? Según esta hipótesis, porque eso no lo distinguiría de los demás. No tendría sentido decir: «¿No es este un agricultor?». Todos eran agricultores. Para distinguirlo como alguien diferente, lo llaman un humilde trabajador ocasional, «el téktōn». Así queda claro que es ese jornalero sin instrucción que quizá sea hábil con las manos, pero que de Jesucristo Superstar no tiene nada.
Esta interpretación del pasaje podría encontrar cierto apoyo en la primera mención de Jesús como carpintero fuera del Nuevo Testamento, en la obra titulada Diálogo con Trifón, de Justino Mártir, escrita hacia el año 150 d. C. (Se trata de un debate que el filósofo cristiano Justino mantiene con un rabino sobre las pretensiones de verdad del cristianismo). Justino señala que se tenía a Jesús por un humilde carpintero y que nadie supo quién era durante su vida hasta que fue bautizado por Juan.
Cuando Jesús llegó al Jordán, considerado hijo de José, el carpintero,³ y carente de belleza, como afirmaban las Escrituras, se le tenía por carpintero (pues, mientras estuvo en la tierra, solía ejercer ese oficio, fabricando arados y yugos, y dándonos así lecciones simbólicas sobre la necesidad de llevar una vida justa y activa). Pero entonces, como ya he dicho, el Espíritu Santo descendió sobre él en forma de paloma por el bien de la humanidad y, en ese mismo instante, una voz desde los cielos pronunció las palabras que también había expresado David cuando, hablando en la persona de Cristo, dijo lo que más tarde el Padre habría de decirle a Cristo: «Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado».⁴ Esto significa que su nacimiento comenzó realmente para los hombres cuando reconocieron por primera vez quién era.
(Traducción de Thomas Falls del Diálogo con Trifón, en la colección Padres de la Iglesia).
Justino toma de Marcos la idea de que Jesús era «carpintero» y señala que, como tal, no se lo consideraba alguien relevante —y mucho menos «el Hijo de Dios»— hasta que abandonó su hogar para ser bautizado por Juan. Él —Justino— comprende que el término muestra que, a ojos de sus paisanos, Jesús podía ser un hombre trabajador y bastante honrado, pero nada más. Ser «carpintero» hacía de él alguien sin importancia para el mundo en general. Aquí, la gente de Nazaret, como todos los demás, sencillamente no comprendía quién era en realidad.