domingo, 25 de octubre de 2026

¿QUÉ TIENE DE MALO SER CARPINTERO?

¿Qué tiene de malo ser carpintero?


En la entrada anterior intenté mostrar por qué las pruebas de que Jesús fuera carpintero antes de comenzar su ministerio público son, en el mejor de los casos, endebles. Este dato aparece únicamente en Marcos 6:3 («¿No es este el carpintero?»), pasaje que Mateo modifica —«el hijo del carpintero»— y Lucas también —«el hijo de José»—. Juan no incluye este pasaje ni dice nada acerca de que Jesús fuera carpintero; tampoco lo hace ninguno de los demás libros del Nuevo Testamento, ni ningún otro escrito cristiano antiguo, salvo aquellos que toman el dato de Marcos.


Esto plantea tres preguntas que pueden parecer diferentes —porque lo son—, pero que en realidad están relacionadas: (1) ¿Por qué Mateo y Lucas, y posteriormente los copistas de Marcos, lo cambiaron? (2) ¿Es históricamente cierto? (3) Si no lo es, ¿podemos pensar en alguna razón por la que Marcos pudiera haberlo inventado? Esto ocupará tres entradas.


¿Por qué lo cambiaron Mateo, Lucas y los copistas posteriores?


Con la modificación, ya no se dice que Jesús sea carpintero. Es posible que los copistas posteriores alteraran el texto de Marcos para armonizarlo con Mateo —de modo que ahora ambos dijeran que era «hijo de un carpintero», en lugar de que él mismo fuera «carpintero»—; pero seguimos teniendo que preguntarnos por qué tanto el propio Mateo como Lucas, de otra manera, modificaron el pasaje para que no se dijera que Jesús era carpintero. (Por cierto, no tenemos manuscritos de Mateo y Lucas en los que se haya modificado su redacción).


¿Se debe a que Mateo, Lucas y los copistas posteriores tenían algún reparo en que se calificara a Jesús de téktōn, la palabra que habitualmente significa «carpintero»?[1]


Hoy pensamos en los carpinteros como artesanos talentosos, con habilidades envidiables, cuyos servicios se necesitan constantemente y que ganan un sueldo digno. Así es como la gente —según mi experiencia— suele imaginar a Jesús el carpintero: fabricando hermosos muebles y realizando trabajos de ebanistería fina. Pero esa imagen es completamente equivocada cuando se trata de un téktōn en una aldea rural muy pequeña de la antigua Galilea —o de casi cualquier otro lugar del mundo antiguo—.


Conviene repasar algunos datos: Nazaret era un lugar de muy escasa importancia en tiempos de Jesús. No se menciona en el Antiguo Testamento ni en ningún escrito judío de aquella época. De hecho, fuera de los Evangelios y de los escritos cristianos posteriores que se remiten a ellos, no aparece en ningún escrito —judío o romano— hasta después de la conversión de Constantino, a comienzos del siglo IV. Ni siquiera aparece su nombre.


Como señalan Jonathan Reed y John Dominic Crossan en su libro Excavating Jesus, el libro de Josué del Antiguo Testamento (19:11-15) enumera unos quince lugares de aquella zona de Galilea, pero no Nazaret —aunque sabemos que ya existía entonces—. El prolífico historiador judío Josefo, que estuvo al mando de las fuerzas judías en Galilea durante la guerra contra Roma del 66 al 70 d. C., menciona cuarenta y cinco poblaciones galileas, pero no Nazaret. Los rabinos judíos que compilaron la Mishná hacia el año 200 d. C., y quienes elaboraron el Talmud un par de siglos después, mencionan sesenta y tres poblaciones de Galilea. Pero no Nazaret.


¿Por qué? Era un lugar diminuto y sin nada de particular, que prácticamente solo conocían quienes vivían en sus alrededores. Los hallazgos arqueológicos muestran que era una comunidad agrícola muy pobre. Al parecer, ocupaba entonces unas cuatro hectáreas, con unas cincuenta casas y una población de quizá cuatrocientos o quinientos habitantes, sin indicios de riqueza. Como en otras aldeas rurales de la Galilea de aquella época, sus habitantes vivían de los cultivos que producían en parcelas de diversos tamaños situadas fuera de la propia aldea. Quienes realizaban trabajos ocasionales de carpintería o herrería como actividad complementaria habrían fabricado lo que se necesitaba para las labores agrícolas. No había otra actividad comercial; probablemente funcionaban mediante una economía de trueque, algo así como: «Por un yugo cobro seis gallinas».


Si Jesús era carpintero, eso es lo que habría hecho: fabricar yugos, arados, portones y, posiblemente, las toscas vigas de madera que sostenían los tejados de paja cuando se construían o reparaban las casas.


Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que este tipo de «ocupación» era menospreciado por quienes no se encontraban en semejante situación, por ejemplo, los muy instruidos autores de los Evangelios y los copistas posteriores. Entre las personas cultas y quienes se preocupaban por su prestigio social, ciertas formas de ganarse la vida se consideraban inferiores y despreciables. Veamos este pasaje del político y orador romano Cicerón, que trata sobre los tipos de trabajo considerados «ordinarios» y «vulgares»:


Hemos recibido las siguientes orientaciones generales acerca de los oficios y las ocupaciones; en concreto, cuáles deben considerarse respetables y cuáles vulgares… Vulgares e indignas son las ocupaciones de todos los trabajadores asalariados cuyos servicios —y no sus habilidades— se compran, pues, en su caso, el propio salario es el precio de la servidumbre… Todos los trabajadores manuales se dedican a labores vulgares, pues un taller no puede albergar nada noble. (Sobre los deberes, 1.150-151).


A continuación, Cicerón enumera otras profesiones que considera por debajo de su dignidad y de la de sus selectos lectores. Y cabe preguntarse si había alguna ocupación que Jesús hubiera podido desempeñar, dadas su época y su lugar de residencia, que Cicerón hubiese considerado respetable. La respuesta probablemente sea que no.


Pero, durante las décadas posteriores a la muerte de Jesús, los cristianos hacían afirmaciones sumamente elevadas acerca de él, y para muchos de quienes los escuchaban hablar de Jesús, su pertenencia a las clases bajas habría supuesto —y de hecho supuso— un problema.


Encontramos este problema abordado explícitamente en cuanto disponemos de escritos de personas cultas no cristianas que atacan las afirmaciones de la fe.


El primer ataque sostenido del que tenemos noticia aparece en una obra titulada La palabra verdadera, escrita hacia el año 177 d. C. por un filósofo llamado Celso. No conservamos la obra en sí, pero podemos reconstruirla a partir de la refutación posterior del padre de la Iglesia y teólogo Orígenes, en su libro Contra Celso. En cierto momento, Celso se burla de Jesús señalando que era un completo don nadie, sin posición ni prestigio social, de clase baja, pobrísimo, cuya madre tenía que ganarse la vida haciendo trabajos de costura y que lo había concebido fuera del matrimonio, tras quedar embarazada de un soldado romano. Menudo golpe.


Después añade:


Y en todos sus escritos [los de los cristianos] se menciona el árbol de la vida y una resurrección de la carne por medio del árbol, porque, supongo, su maestro fue clavado en una cruz y era carpintero de oficio… Ahora bien, ¿qué anciana no se avergonzaría de decir tales cosas en un susurro, incluso al inventar cuentos para dormir a un niño?

(Citado en Contra Celso, de Orígenes, 6.34).


Como suele hacer al responderle, Orígenes contesta directamente a la acusación de Celso. Pero en este caso adopta una estrategia bastante extraña. Normalmente defiende las afirmaciones cristianas y explica por qué revelan la verdad de Dios, aunque puedan parecer paradójicas. Sin embargo, aquí no lo hace: ¡en lugar de ello, niega que en alguno de los Evangelios se llame carpintero a Jesús! (6.35).


Esto resulta extraño, porque Orígenes conocía los Evangelios al dedillo, mejor que casi cualquier otra persona del mundo conocido de su época. Así pues, o bien sus manuscritos de Marcos 6:3 decían «hijo del carpintero», como en Mateo —es decir, contenían la versión posterior y modificada de Marcos—, o bien… él, Orígenes, había olvidado oportunamente lo que escribió Marcos. Pero ¿por qué habría de negar la afirmación de Marcos?


Tal vez sabía que realmente suponía un problema que se llamara téktōn a Jesús. Habría ocupado un puesto demasiado bajo, incluso en la escala social meramente humana, como para ser el glorioso Hijo de Dios. Sin duda, como mínimo, tendría que haber sido un genio religioso de gran formación, y no el hombre que podía repararte el portón en sus ratos libres. Cicerón habría pensado así —escribía décadas antes de Jesús—; Celso lo pensaba, sin duda; Orígenes lo negó tajantemente. ¿Y Mateo, Lucas y los copistas posteriores? Lo cambiaron.


Esto nos lleva ahora a la cuestión histórica más amplia: ¿tenía razón Marcos al afirmar que Jesús era un téktōn? Si no era así, ¿por qué habría querido afirmar que lo era? 

Continuará.


[1] También podía referirse a un cantero o a un trabajador del metal, aunque lo más habitual es que signifique alguien que trabaja la madera. Para mi argumento, no importa a cuál de estos oficios se refiriera Marcos.

¿ERA JESÚS CARPINTERO?

Era Jesús carpintero? La sorprendente escasez de pruebas.


¿Era Jesús carpintero? Casi todo el mundo da por sentado que lo era: no solo los dos mil millones de cristianos, sino también los otros miles de millones de personas que alguna vez han pensado en ello o han oído hablar del asunto. Y así ha sido durante dos mil años. Sin embargo, resulta que las pruebas son muy escasas.


Hace poco empecé a plantearme seriamente esta cuestión. Uno se pregunta cómo sería crecer y vivir en un lugar como Nazaret, una pequeña aldea rural de quizá unas cincuenta casas pequeñas, que en conjunto albergarían a unas cuatrocientas o quinientas personas. Los arqueólogos no han encontrado indicios de riqueza —por ejemplo, vajillas de calidad, mosaicos, grandes viviendas, etc.— ni edificios públicos —sinagoga, escuela, casa consistorial o cualquier otro—, y han concluido que era, como tantas otras aldeas rurales, una comunidad agrícola.


Todos habrían tenido sus propias parcelas, lo bastante grandes para cultivar lo necesario para su sustento, y casi todos se habrían «ganado la vida» trabajándolas. Algunas personas quizá realizaran ocasionalmente otros trabajos complementarios: una comunidad así probablemente necesitaría a alguien que trabajara el metal —harían falta herramientas agrícolas—, la piedra —para ayudar a construir las casas— y la madera —para yugos, arados, puertas, mangos de herramientas, etc.—. Así pues, no hay nada intrínsecamente inverosímil en que Jesús trabajara la madera, aunque pasara la mayor parte del tiempo cultivando los campos. Pero ¿lo hacía realmente?


Solo un versículo de todo el Nuevo Testamento lo afirma. Hacia la mitad del ministerio de Jesús, según el Evangelio de Marcos, este regresa a Nazaret, su pueblo natal, y predica en la sinagoga. Sus vecinos se sorprenden de su sabiduría y se preguntan cómo la ha adquirido: 


«Decían: “¿De dónde le viene a este todo esto? ¿Qué sabiduría es esta que le ha sido dada? ¡Qué prodigios se realizan por sus manos! ¿No es este el carpintero, el hijo de María y hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y no están sus hermanas aquí con nosotros?”» (Marcos 6:3).


Este pasaje plantea muchas preguntas interesantes. Por ejemplo, ¿por qué preguntan si este es el carpintero? El significado preciso de la palabra: también podría significar, por ejemplo, cantero o herrero. Pero su significado concreto no será importante para la valoración aquí. Jesús se crio allí, en aquella comunidad tan pequeña, trabajó entre ellos durante años y se había marchado hacía poco: ¿acaso no eran sus vecinos y clientes de toda la vida? ¿Por qué preguntan si es él, si solo lleva unos meses fuera? También resulta extraño que antes no supieran lo inteligente que era. ¿Adquirió esa sabiduría de la noche a la mañana, después de marcharse del pueblo? ¿Por qué lo llaman, además, «el hijo de María»? ¿No se identificaba normalmente a las personas como hijos de su padre? Y esos hermanos y hermanas, ¿eran realmente sus hermanos biológicos?


Hay mucho sobre lo que reflexionar aquí, pero lo que ahora interesa es si de verdad era «carpintero» —o si ejercía algún oficio semejante—. A menudo se señala que ninguno de los otros Evangelios lo afirma y que, de hecho, tanto Mateo como Lucas, que utilizaron a Marcos como fuente y a menudo copiaron sus relatos palabra por palabra, modifican este pasaje. La versión de Mateo es algo más breve: omite algunas frases y líneas que posiblemente consideró superfluas —como hace con frecuencia—, aunque reproduce literalmente las palabras de Marcos en buena parte de lo que recoge. Pero aquí los vecinos no preguntan si Jesús es «el carpintero, el hijo de María», sino si es «el hijo del carpintero» y si «su madre no se llama María» (Mateo 13:55).


Estos dos pasajes —Marcos 6:3 y Mateo 13:55— son los únicos lugares del Nuevo Testamento en los que aparece la palabra «carpintero». Lucas también recoge el pasaje, pero lo modifica más que Mateo, ampliándolo considerablemente (Lucas 4:16–30). Incluye la pregunta de los vecinos, pero aquí preguntan si Jesús no es «el hijo de José» (4:22). El Evangelio de Juan no contiene este pasaje, pero sí presenta a los adversarios judíos de Jesús preguntando si no es «el hijo de José» (6:42).


Para aclararlo: en Marcos, a Jesús se lo llama «el carpintero»; en Mateo, «el hijo del carpintero»; y en Lucas y Juan, «el hijo de José».


Es interesante que todos los demás evangelistas cambiaran la formulación. También lo es que los escribas que copiaron Marcos durante los siglos siguientes a veces la modificaran para ajustarla a la versión de Mateo, de modo que también en Marcos se llama a Jesús «hijo del carpintero» en lugar de «el carpintero». Esta era, al parecer, la lectura de nuestro manuscrito más antiguo, P45 —de alrededor del año 200 d. C.—. Digo «al parecer» porque hay una laguna en el manuscrito, pero, calculando el número de letras necesarias para rellenarla, parece que contenía la lectura más larga, «hijo del carpintero». Esta lectura también aparece en algunos manuscritos posteriores.


¿Por qué cambiarían los escribas la formulación de Marcos? No era algo inusual. Los copistas a menudo ajustaban el Evangelio de Marcos al de Mateo cuando había pequeñas diferencias entre ambos. Este tipo de modificación se denomina «armonización». Es posible que los escribas posteriores quisieran armonizar los textos y que eso provocara la alteración. Pero, incluso antes que los escribas, tanto Mateo como Lucas también lo modificaron. Cabe preguntarse si había algo problemático en que Jesús fuera «el carpintero» que impulsara a los copistas —¡incluidos Mateo y Lucas!— a cambiar el texto para decir que era «el hijo del carpintero».


La cuestión resulta especialmente desconcertante en el caso de Mateo, porque, al introducir ese cambio, creó un problema en su relato. La narración del nacimiento de los capítulos 1 y 2 de Mateo insiste en mostrar que María concibió siendo virgen, de modo que Jesús NO era el hijo de José (el carpintero). (Si Lucas incluía originalmente un relato del nacimiento —es decir, los capítulos 1 y 2—, algo que es objeto de debate, también él se creó el mismo problema). ¿Por qué modificar un texto que no decía nada al respecto —el de Marcos— para hacerle decir algo que contradice tu propio relato?


Los especialistas en crítica textual apenas dudan de que Marcos dijera originalmente «carpintero», en lugar de «hijo de un carpintero». Esa es la lectura de casi todos nuestros manuscritos más antiguos y fiables —P45 es la aparente excepción, y en algunos pasajes puede presentar ciertas peculiaridades—; además, es la lectura que los escribas habrían tenido más motivos para modificar, pues tendían a armonizar el texto con Mateo, no a crear discrepancias con él. Dicho sea de paso, no tenemos ningún manuscrito que cambie la lectura de Mateo por «carpintero» para ajustarla a Marcos. ¿Significa eso que la expresión «hijo de un carpintero» no les planteaba ningún problema a los escribas?


Habría que aclarar si la palabra griega traducida como «carpintero» significaba necesariamente carpintero y, tanto si era así como si no, por qué los evangelistas y escribas posteriores pudieron haberlo considerado un problema.

martes, 20 de octubre de 2026

EL REY EN EL REINO VENIDERO


La ironía de Jesús como rey del Reino venidero 


Jesús creía que habría distintos niveles de recompensa en el futuro Reino de Dios.  Pero ¿podría haber algún problema? ¿Algún desorden? ¿Sería necesario imponer disciplina y juzgar a quienes hicieran algo ilícito o perjudicial? ¿Podrían pecar las personas en el Reino de Dios? ¿Lo harían?


Son preguntas difíciles que Jesús nunca aborda directamente en los Evangelios canónicos. Siempre se dado por supuesto que la vida después de la muerte para los salvados sería perfecta en todos los sentidos: que no habría dolor, desdicha ni sufrimiento de ninguna clase; que nadie haría daño a nadie; que no habría pecado ni desobediencia. Un reino de perfección.


Esto es, en efecto, lo que la mayoría de la gente piensa hoy acerca del cielo. Pero, como he subrayado repetidamente, Jesús entendía el «Reino de Dios» de una manera distinta a la de sus seguidores actuales. Para él, no supondría una existencia espiritual de las almas en las regiones celestiales, sino un lugar físico aquí, en la tierra. Llegaría después del Día del Juicio, cuando Dios destruyera a todos los que se oponen a él y estableciera aquí un reino bueno (¡por fin! Buena falta nos haría uno…).


La idea es que Dios creó el mundo para que lo habitaran los seres humanos; pero las cosas se torcieron gravemente, ya fuera por el pecado de Adán o por la caída de Satanás. El mundo se convirtió en un lugar terrible, pero ahora Dios se propone restaurarlo conforme al plan original. Será un regreso al Edén para todos los que siguen a Dios.


Pero ¿será el Edén un lugar perfecto y seguirá siéndolo? Jesús nunca aborda directamente esta cuestión, pero algunos de sus dichos ofrecen indicios de lo que pensaba, aunque algunos de estos indicios parecen contradecirse entre sí.


Para empezar, habría que considerar las posibles implicaciones de un futuro día del juicio y de lo que vendrá después. Si es cierto que todo lo que se opone a Dios será destruido, entonces no habría espacio ni lugar para hacer el mal, ni nadie que pudiera hacerlo. Así que sería un paraíso eterno, ¿verdad?


Por otra parte, antes de la caída de Adán —o de Satanás, o de ambos— tampoco había espacio, lugar ni nadie que pudiera hacer el mal, y, sin embargo, aquí estamos… en este mundo terriblemente imperfecto, lleno de dolor y sufrimiento. ¿Quién asegura que no podría volver a ocurrir con los «cielos nuevos y la tierra nueva»? Si uno piensa —como supongo que les ocurre a muchos— que todos los que entren en el Reino serán incapaces de hacer algo malo o que, a diferencia de Adán y Satanás, carecerán por completo de la voluntad de hacerlo, eso conduciría a una dicha eterna para todos. Pero, si Dios pudiera crear un mundo futuro así, ¿por qué no creó de ese modo el mundo original?


En cuanto a algunos dichos concretos de Jesús, uno que lleva mucho tiempo desconcertando a muchísimos lectores es su afirmación de que, en la resurrección —es decir, cuando los elegidos resuciten de entre los muertos para entrar en el Reino—, «ni se casarán ni serán dados en matrimonio» (Marcos 12:25).


Hay diversas maneras de interpretar esto. Probablemente la más habitual sea que todos vivirán en celibato en el Reino futuro. Sin sexo. A muchos lectores eso no les suena precisamente a un paraíso. Pero a un predicador apocalíptico que considera que este mundo físico está corrompido y que la propia existencia física crea obstáculos para adorar a Dios, una forma distinta de existencia corporal, sin las necesidades y los deseos actuales del cuerpo, bien podría parecerle una especie de mundo perfecto.


Otra manera de entender el versículo es que no se refiere al celibato, sino a la igualdad entre los seres humanos. Jesús hablaba en un contexto de relaciones matrimoniales patriarcales, y en respuesta a una pregunta sobre ellas, en las que el hombre era dueño de la mujer, tras haber adquirido de su padre la propiedad sobre ella, y la mujer actuaba más o menos como una esclava suya, obedeciendo órdenes. Esto no era exclusivo del judaísmo antiguo, sino que ocurría en la mayoría de las culturas del mundo antiguo y, por supuesto, sigue ocurriendo hoy en muchas culturas.


Puede que Jesús esté diciendo que en el Reino no será así. Habrá igualdad. Los hombres no «adquirirán» a una mujer («no se casarán») y las mujeres no serán entregadas a los caprichos, deseos y exigencias de un hombre («no serán dadas en matrimonio»). Eso apuntaría a la liberación, la coexistencia pacífica y la igualdad.


Pero ¿habrá una liberación, una paz y una igualdad completas?


En la tradición cristiana, se considera que Jesús fue el Mesías que murió en su primera venida a la tierra y que reinará sobre todos en su segunda venida, después de regresar para juzgar al mundo. Él mismo parece haberse considerado el «mesías», el futuro rey de los judíos. Sin duda, esa fue la razón por la que lo crucificaron: por afirmar precisamente eso.


Además, Jesús indicó que sus doce discípulos serían gobernantes bajo su autoridad. En un dicho de la fuente Q, Jesús les dice: «En la nueva era, cuando el Hijo del Hombre se siente en su trono de gloria, vosotros también os sentaréis en doce tronos para gobernar a las doce tribus de Israel» (Mateo 19:28). (Creo que este versículo se remonta sin duda a Jesús; no veo cómo un narrador cristiano podría haberlo inventado y puesto en sus labios: ¡uno de los doce a quienes se dirige es Judas Iscariote, el que más tarde lo traicionó! ¿Quién inventaría la idea de que Jesús incluyó a Judas entre los futuros gobernantes de Israel?).


Así pues, Jesús parece haber pensado que, en el Reino venidero, él mismo sería el Rey y los Doce ejercerían como dirigentes bajo su autoridad.


Pero ¿qué harían? ¿Tiene sentido que hubiera algún tipo de estructura de gobierno en un mundo universalmente utópico? Si no hay pecado, desobediencia ni delincuencia; si todas las personas han alcanzado la perfección y viven en perfecta armonía con Dios y entre sí; si no hay asesinatos, agresiones ni robos; ni opresión, injusticia o extorsión; ni pecado ni sufrimiento, ¿para qué harían falta «gobernantes»? ¿O un «rey»? ¿Con qué fin?


Jesús parece pensar que en el Reino venidero harán falta dirigentes para… dirigir. Jueces para juzgar. Autoridades para hacer cumplir las normas. Disposiciones que deban acatarse.


Esto guarda una estrecha relación con la observación de que Jesús, en otros pasajes, sugiere que habrá desigualdades en el Reino venidero. Algunos tendrán «tesoros»; otros, no. Algunos entrarán en una posición gloriosa; otros, en una inferior, y quizá muy inferior. Pero ¿hasta qué punto? ¿Habrá niveles realmente inferiores, en los que se puedan cometer fechorías? Si no es así, resulta difícil entender por qué habrá un sistema de gobierno y autoridades que ejerzan el poder.

QUIÉN ENTRA EN EL REINO

Un pasaje desconcertante del Sermón de la Montaña: ¿quién entra en el Reino?


Hay un pasaje del Sermón de la Montaña que resulta crucial para comprender cómo presenta Mateo a Jesús. No parece coherente consigo mismo. Este es Mateo 5:17-20, según la Nueva Versión Estándar Revisada (edición actualizada):


17 «No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. 18 Porque en verdad os digo que, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una sola letra, ni un solo trazo de una letra desaparecerá de la Ley hasta que todo se haya cumplido. 19 Por tanto, quien quebrante uno de estos mandamientos, por pequeño que sea, y enseñe a otros a hacer lo mismo será considerado el más pequeño en el reino de los cielos; pero quien los cumpla y enseñe a cumplirlos será considerado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que, si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, jamás entraréis en el reino de los cielos».


La dificultad para comprender este pasaje se encuentra en el versículo 19, tanto en sí mismo como en su relación con el versículo 20.


Está claro que Jesús está subrayando la importancia de cumplir la ley de Moisés. Ninguno de sus seguidores debería pensar lo contrario ni dejar de lado ninguno de los mandamientos (aquí uno piensa, naturalmente, en Pablo, quien insistía en que los seguidores de Jesús no necesitaban cumplir la Ley).


Esta es una enseñanza característica de Mateo, que aparece con mayor contundencia más adelante en el Evangelio (capítulo 23), donde Jesús arremete contra los «escribas y fariseos» por su profunda hipocresía. Sin embargo, no los ataca por lo que ellos enseñan, sino por cómo actúan (¡esto no siempre se advierte!). Dicen una cosa y hacen otra.


La mayoría de los lectores ocasionales sencillamente no reparan en Mateo 23:2-3, o más bien lo leen por encima, sin prestarle atención. Aquí Jesús afirma claramente que sus seguidores deben atenerse a las enseñanzas de los escribas y fariseos. ¡Leedlo y comprobadlo! ¿CÓMO? Pues sí. Jesús está de acuerdo —en Mateo, y solo en Mateo— con su interpretación de la Ley, o al menos con parte de ella. Los critica por no cumplirla de manera coherente o como es debido.


Lo mismo sucede aquí, en Mateo 5:17-20. No se puede pasar por alto ni una iota —la letra griega más pequeña— ni un solo «trazo» —una parte de una letra—. Jesús no vino a abolir nada de ello. Vino a darle cumplimiento. Él mismo lo hará al cumplir las profecías sobre el Mesías —según Mateo—, enseñar el verdadero significado de la Ley y practicar lo que predica.


Lo que siempre desconcierta es el versículo 19. ¿Qué significa que algunos serán «los más pequeños en el reino de los cielos» y otros serán «grandes»? ¿No será igual para todos el Reino que llegará después del día del Juicio? Si Dios destruye las fuerzas del mal y a todos los que se ponen de su parte —como parecen haber creído Jesús y otros judíos de orientación apocalíptica—, ¿cómo puede quedar algo «malo» en el mundo? ¿Acaso la vida después de la resurrección de los muertos no supone un regreso al Paraíso?


Si es así, ¿cómo puede haber «menores» y «mayores»? Ser «menos» suena a una especie de castigo por no haber sido lo bastante bueno. Pero, en un mundo sin mal ni pecado, donde no hay enemigos cósmicos —el diablo, los demonios— ni personas malvadas —todas han sido aniquiladas—, ¿qué podría hacer que una vida fuese «mejor» que otra? Desde luego, nada malo. Así que supongo que el único «castigo» consistiría en darse cuenta de que, por fantástica que sea esa vida, ¡podría haber sido todavía más fantástica!


Pero el versículo siguiente, el 20, también resulta desconcertante: aquí Jesús afirma que, para entrar en el Reino, una persona debe ser más justa que las principales autoridades judías. Ni siquiera puedes entrar sin una justicia extraordinaria. Pero, al parecer, ¿algunos son más extraordinarios que otros?


El pasaje puede entenderse de la siguiente manera y resultar coherente:


Jesús insiste en que sus seguidores cumplan la ley judía de la manera más perfecta posible.


El pasaje siguiente, el de las «Antítesis», muestra qué quiere decir. No basta con cumplir la letra de la Ley: hay que respetar su espíritu, su esencia, su sentido más profundo. No basta con no matar; ni siquiera deberías enfadarte con alguien —la ira es la emoción que está en la raíz del asesinato—. No basta con no cometer adulterio; deberías reprimir por completo el deseo de hacerlo —«ni siquiera desees»—. Y así sucesivamente.


El pasaje da por supuesto que los escribas y fariseos no hacen esto y que, de hecho, ni siquiera cumplen la letra de la Ley.


Detrás de las ideas de Mateo parece estar el conocido método de los fariseos para interpretar cómo cumplir la Ley cuando esta resulta ambigua o imprecisa. Elaboraron normas y preceptos que debían observarse para garantizar que nunca se infringiera la propia Ley.


Otros judíos, como los esenios que produjeron los manuscritos del mar Muerto, consideraban que las normas farisaicas eran formas de eludir la Ley. «Si haces X —lo prescrito por los fariseos—, eso te evita infringir la ley Y —lo que la Ley ordena realmente—». Pero, para los esenios, en realidad sí la habías infringido.


Un ejemplo célebre de estas «soluciones» a lo que ordena la Ley tiene que ver con los acreedores. La Ley —Deuteronomio 15— exige que los particulares condonen las deudas que otros tienen con ellos cada año sabático, es decir, cada séptimo año). Así pues, una forma de sortear esta obligación mediante un tecnicismo permitía al acreedor transferir la deuda a un tribunal. Según el Deuteronomio, los tribunales no están obligados a condonar las deudas; solo lo están los acreedores particulares. Después, la deuda podía cobrarse por medio del tribunal. ¿Era este el tipo de cosas que Jesús tenía en mente cuando llamaba «hipócritas» a los fariseos: que afirmaban cumplir la Ley cuando en realidad la estaban infringiendo?


Quienes desafían la Ley de esta manera habitual y sistemáticamente no podrán entrar en el Reino (v. 20). Quienes sí la cumplen entrarán y, si lo hacen de manera rigurosa y constante, serán «grandes» en el Reino.


Pero también se permitirá entrar a otros. Puede que estos infrinjan algunos preceptos de vez en cuando e incluso afirmen que está bien hacerlo; serán «los más pequeños» en el Reino.


En definitiva, no habrá igualdad en el venidero reino de los cielos.


Es importante recordar que, para Mateo —al igual que para Marcos, Pablo, etc.—, la vida en el mundo venidero no transcurriría arriba, en el ámbito celestial, sino aquí abajo, en la tierra, después de que los muertos hubieran resucitado y sido juzgados. Algunos de los «salvados» en el día del Juicio recibirán más recompensas que otros. (Mateo lo llama «reino de los cielos», en parte, porque se realiza «en la tierra como en el cielo»).


Quienes infringen ocasionalmente la Ley pueden entrar, pero recibirán menos recompensas.


Entender así el pasaje ayuda a dar sentido a otras enseñanzas difíciles de Jesús.