jueves, 31 de marzo de 2016

CRISTIANISMO, ORÍGENES

CRISTIANISMO, ORÍGENES
Lo que aseguró la supervivencia del Cristianismo no fue el triunfo de Pablo sino la destrucción de Jerusalem y la destrucción de la fe Judeo-Cristiana. Pablo deseaba separar del judaísmo la enseñanza de Cristo para rescatarla de la política irredentista Judía. El Mesías político-militar Judío nada significaba para Griegos y Romanos. A los ojos de Pablo, Jesús nunca había sido un Mesías en ese sentido. Con la destrucción de Jerusalem se dispersó la comunidad Judeo-Cristiana. Los sobrevivientes huyeron a Asia Menos, Oriente, Egipto y especialmente Alejandría. Por consiguiente, el centro de gravedad Cristiano se desplazó a Roma y el vacío teológico dejado por la extinción de la iglesia de Jerusalem fue ocupado por el sistema Paulino. El Cristo de Pablo no estaba afirmado en el Jesús histórico de la Iglesia de Jerusalem. Esta situación fue corregida por Marcos que escribió la primera biografía de Jesús donde se le presenta como una Deidad.

Otros Cristianos rehusaron cambiar convirtiéndose en heréticos . Tales fueron los Ebonitas, o pobres, principalmente en Egipto.

HELENISMO Y RELGIÓN

HELENISMO Y RELIGIÓN
En tiempos de Alejandro la idea Helena de cultura había evolucionado hasta tal punto que era posible decir que uno era Heleno no de nacimiento sino por educación, así uno nacido bárbaro podía convertirse en un verdadero Heleno. El entronamiento de la razón como parte más elevada en el hombre llevó al descubrimiento del hombre como tal, y al mismo tiempo a la concepción de las costumbres Helenas como cultura humanista general. La última etapa en este camino la tomaron cuando los Estoicos propusieron que la libertad, el más alto bien de la ética Helena, es una pura cualidad interior no dependiente de las condiciones externas, de manera que la verdadera libertad puede muy bien encontrarse en un esclavo si éste es sabio. La teoría prevaleciente no situaba ya al hombre primariamente en el contexto de la polis, como hizo Platón y aún Aristóteles, sino en el del cosmos,  algunas veces llamados “la verdadera y gran ciudad de todos”. Ser un buen ciudadano del Cosmos, un “cosmopolita”, es el fin moral del hombre; y su calificación para esta ciudadanía es su posesión del logos, o razón, y nada más. El punto culminante de esta ideología se alcanzó bajo el Imperio Romano; aunque en todos sus rasgos esenciales la etapa universalista del pensamiento Griego ya estaba presenta en tiempos de Alejandro.

El primer universalismo de la cultura Griega fue seguido de una época de diferenciación; una nueva diferenciación basada principalmente en temas espirituales, participando sólo secundariamente en un carácter nacional, regional y lingüístico. La cultura secular común se vio grandemente afectada por una polarización mental en términos religiosos. Llevando finalmente a una ruptura de la anterior unidad en campos exclusivos.

Pero la marea creciente de la religión se tragó al “pensamiento” Griego transformando su carácter. La cultura secular Helena cambió en una pronunciada cultura pagana religiosa, tanto como auto-defensa contra el Cristianismo como por necesidad interna. Esto significa que en la época del surgimiento de la religión mundial, el Helenismo mismo vino a ser un credo denominacional. Así es como Plotino y aún más Juliano el Apóstata concibieron su Helenismo(i.e. causa pagana) fundando con el Neoplatonismo una especie de Iglesia con su propio dogma y apologética.


En los momentos de su ocaso el concepto de Helenismo fue al mismo tiempo ampliado y reducido. Ampliado en el sentido que en el atrincheramiento final, incluso creaciones puramente orientales como las religiones de Mithras y Attis fueron contadas dentro de la tradición Helena que debía ser defendida; reducida en lo que toda causa se convirtió en la causa de un partido, y cada vez más en la de un partido minoritario.      

miércoles, 16 de marzo de 2016

JAKOB BÖHME

BLOC DE NOTAS, APUNTES

SANTIDAD
Para Böhme, no hay santidad que sea dada entera y de manera definitiva. La Santidad es el fruto de una vocación, debe ser ganada. El verdadero pecado de Adán se consuma en el momento en que se abandona al sueño, y el nacimiento de Eva es su consecuencia. En cuanto a la tentación, duró todo el tiempo de su estancia en el Paraíso.

EL DESEO
Para Böhme, el deseo es la fuerza primordial. La voluntad divina se convierte en deseo, y entonces se forma ese mundo de la naturaleza eterna en el que Dios se manifestará: "En el Principio era el Deseo".

La naturaleza Eterna es un viento que se convierte en un cuerpo perfecto. Este viento es un alma a la que Böhme llama el alma eterna. Esta alma primera y universal es el modelo de todas la almas futuras, luego también del alma humana revestida por Cristo. Pero, qué es esta alma? Es el deseo. Ahora bien, para manifestarse plenamente, Dios se busca. Dios no se revelará verdaderamente hasta que se haya encontrado. La búsqueda de Dios por sí mismo se manifiesta en su deseo de la violencia del fuego devorador, y después de la dulzura del agua. La búsqueda de Dios por parte del hombre, que es también la del hombre por sí mismo, será a imagen de estos dos deseos... En su forma primera, el deseo es una voracidad que, alimentándose de sí misma, se exaspera sin cesar pro no ser sino un furioso torbellino. Este deseo no engendra más que su propio abismo generador de tinieblas y de terror. No obstante se produce una conversión en el ciclo primordial una "metanoia". Es la conversión del deseo. El fuego oscuro se transforma en Luz. Ese fuego tenebroso es un fuego que no alumbra, que no proyecta ninguna claridad. El fuego que arde sin alumbrar es el símbolo del deseo jamás saciado. La llama que ilumina y que jamás se extingue es el deseo eternamente colmado. Este fuego devorador es ante todo la expresión de la cólera divina. La luz es sinónimo del amor. A la cólera de Dios se opone Su amor. En virtud del agua, el deseo deviene substancial. Toma cuerpo en lugar de cavar siempre su propio abismo. Es la fe que se encarna en un cuerpo de luz. El deseo se implanta en ese cuerpo de radiante. Se fija al renovarse eternamente. Subsiste, pues es eternamente saciado. La substancia está en supremacía. El alma que se libera del infierno desaparece en su deseo de amor. El alma que cae en su fondo tenebroso será torturada eternamente por un deseo que jamás se fijará en una verdadera substancia. Jamás tal alma se establecerá verdaderamente en un cuerpo. Será eternamente errante. Esta alma tenebrosa será imagen de su deseo.

En la Biblia el desierto aparece, por un lado, como lugar de desolación. Por el otro es el espacio de la prueba salvadora. Co la luz brota la verdadera vida, la vida y la luz son uno. Nacer a la verdadera vida es, ante todo, morir. El nacimiento de la luz es la muerte del fuego. Para que la criatura se cumpla e necesario que su voluntad propia se niegue y que se abandone totalmente a otra voluntad, que es aquella de la que procede la vida universal en el nivel del espíritu. Para nacer a la verdadera vida, que es la vida substancial manifestada en un cuerpo de luz, es preciso que la voluntad propia desaparezca.

Renunciar no es sólo estar desapegado de los bienes de ese mundo. Es esencialmente negar toda voluntad propia para entrar en la voluntad de Dios.

Qué es la nada? No es el abismo tenebroso solamente. La Nada es la virginidad del ser previa a todo estallido. El deseo de amor es referido a la claridad primera que todavía no se ha oscurecido en un nacimiento, a la pureza del ser que todavía no dice yo.

El desierto en Böhme no es un lugar del alma que designa un estado en un momento determinado del devenir espiritual.

Para Böhme y Paracelsus la imaginación no es una simple productora de fantasmas. En el espíritu del Teósofo, la imaginación, el deseo y la fe son inseparables. La voluntad se manifiesta por el deseo. La fuerza del deseo hace la fe. Ella actúa en nuestros pensamientos (y por ellos).

Dios mismo crea en sus pensamientos y por ellos. Dios creando en sus pensamientos es Dios desplegando su imaginación. Imaginar es producir una imagen. Todo lo que decimos real está en una imagen producida por la imaginación divina.

Hay dos clases de fe y de deseo: una es de Dios y la otra del Diablo. Hay también dos reinos: uno de Dios, el otro del diablo.

Böhme refiere la idea de segundo nacimiento al propio Cristo, haciendo del hijo de María ya no el hijo de Dios en el sentido de las teologías dogmáticas, sino el modelo de todo hombre que deberá nacer de lo alto. Cristo es en su persona el sujeto de este segundo nacimiento sobre el que instruye a Nicodemo en el Evangelio de Juan. Es el fruto de la fe que se encarna en un cuerpo nuevo. Pero Dios no nos da esta fe mas que probándonos.

Cristo ofrece el ejemplo de la transformación radical y substancial del ser, sin la cual no podría haber verdadera vinculación con Dios.

La verdadera hambre de Dios es el deseo de un bien que ya hemos recibido. Dios lo ha implantado en nosotros para que lo gustemos. Lo que importa es que mantengamos su sabor, que no nos hagamos insensibles a él por infidelidad.  El bien que Dios nos dispensa para hacernos desear el deseo de amor es la gracia. Para Böhme la gracia no es solamente un favor. Es verdaderamente una substancia. El elegido cuya alma se ha convertido en carne es un hombre divino; un hombre acostumbrado substancialmente a Dios. Lucifer también era hijo de Dios y quiso ser Dios.

No basta con subscribirse a unas determinadas creencias; lo importante es vivir en espíritu y verdad. Ni regeneran al hombre los palacios y casas costosas, sino el sol espiritual divino que actúa a través de la Palabra de Dios. Hay que abandonar todos nuestros deseos personales, disfrutes, ciencia y voluntad para restaurar la armonía. Pues nuestras almas albergan muchos maliciosos animales que ahí hemos puesto en lugar de Dios a los que adoramos como dioses. Esos animales son los elementos de los que está compuesto nuestro personal e ilusorio yo. Cada uno representa un estado individual de la voluntad, deseo, o conciencia. Si alguien permite que uno de esos "animales" crezca y se expanda en él de manera que sus cualidades tiñan todo su ser, se convertirá en ese ser en cuya posesión está, viniendo a ser inconsciente de su verdadera naturaleza a la luz del Espíritu.

Hay que superar todos los mundanos pensamientos y deseos, antes de encontrar el Reino de los Cielos en uno mismo. Nadie es salvado por Dios como gratitud de éste por haber asistido y tenido la paciencia de oír un sermón en la Iglesia; sólo cuando oímos a Dios hablar a nuestro corazón es que las ceremonias externas nos benefician.

Todas nuestras especulaciones y disputas respecto a los divinos misterios no tienen valor; se originan en fuentes externas. Los misterios de Dios sólo pueden por El ser conocidos, y para conocerlos hemos primero de encontrar a Dios como nuestro centro.

El hombre se ha rodeado de un mundo de voluntad a imaginación propio. Se ha separado de Dios, y sólo podrá recuperar su anterior estado si conduce la actividad de su alma en armonía con el espíritu divino. Ha de sentir el fuego divino del amor ardiendo en su corazón. Este fuego es el espíritu del Mesías que aplasta la cabeza de la serpiente, los deseos de la carne (i.e. naturaleza caída).

La iglesia se ha convertido en un bazar donde se exhiben vanidades, se danza alrededor del Becerro de Oro, los ídolos que hemos construido y llamamos Dios.  Una creencia histórica es una mera opinión basada en una explicación adoptada de la letra de la palabra escrita aprendida en la escuela, oída por el oído externo, que produce dogmáticos, sofistas y comentaristas esclavos de la letra. Pero la fe es el resultado de la percepción directa de la verdad, oída y comprendida por el sentido interno y enseñada por el Espíritu Santo. Se podrá predicar y enseñar tanto como se quiera, no servirá de nada mientras exista el mal en el corazón.

El principio donde se origina el hombre divino es la luz del Logos, y lo que le une de vuelta a este no son las teorías u opiniones acerca de la naturaleza de esta luz, sion el Poder de esta misma Luz. Este poder es la verdadera Fe. El verdadero Cristiano no se une a ninguna secta particular, puede participar en el servicio ceremonial de cada secta, sin pertenecer a ninguna.

Mirad las flores del campo. Cada una tiene sus particulares atributos, sin embargo no luchan entre ellas. No disputan acerca de la posesión del sol y la lluvia, o acerca de sus colores, olor, etc. Cada una crece de acuerdo a su naturaleza. Quién condena a los pájaros del bosque porque no canten igual?

El Reino de los Cielos no está basado en nuestras opiniones y creencias autorizadas, sino que tiene su raíz en su propio poder divino. Nuestro principal objetivo ha de ser tener el poder divino dentro de nosotros. Si poseemos esto, toda búsqueda científica será un mero juego de las facultades intelectuales. La verdadera ciencia es la revelación de la sabiduría de Dios dentro de nuestra mente.




lunes, 14 de marzo de 2016

TEOLOGÍA CRISTIANA

La Biblia no indaga la naturaleza da las cosas, es decir, lo que éstas son por su propio origen (natura, de nasci), sino lo que el hombre y el mundo son a partir de su origen en Dios. Por eso la Biblia no contempla la realidad como "natura" (physis), sino como "creatura" (ktísis). La creación en cuanto realidad creada, por su parte, depende totalmente de Dios, pero difiere infinitamente de Él, y en la medida en que es dependiente de Dios y totalmente diversa de Él al mismo tiempo, se encuentra en una relativa autonomía frente a Dios.

jueves, 10 de marzo de 2016

ATEÍSMO

El ateísmo en la línea del antiguo y el nuevo testamento es esa actitud que rehúsa reconocer al verdadero Dios; por tanto, toda forma de idolatría que, al absolutizar magnitudes finitas, no es sólo una posibilidad y realidad del pasado, sino también del presente. Esa absolutización del honor (prestigio), del poder, de la posesión, del sexo, de la nación, de la raza, etc. lleva a una conducta moral perversa, al distanciamiento de Dios, de los hombres entre sí y del hombre consigo mismo.

sábado, 5 de marzo de 2016

DIOS

La palabra "Dios" significa en la historia de la humanidad el fundamento último y el fin último del hombre y de su mundo. Si Dios desaparece, el mundo queda sin fundamento y sin fin, y todo amenaza convertirse en absurdo. Porque algo tiene sentido cuando se inserta en un contexto más amplio que posee sentido en sí mismo. Si la totalidad pierde el sentido, si queda abolida la realidad de Dios que todo lo determina, rige y sustenta, cada uno de los seres también pierde su sentido. Todo cae en el abismo de la Nada. Así, como ya barruntaron J. Paul, Jacobi, Novalis, Fichte, Schelling y Hegel, el "nihilismo es la última etapa de este proceso". F. Nietzsche fue uno de los pocos pensadores que tuvieron el valor de mirar de frente las consecuencias nihilistas del ateísmo.

La muerte de Dios lleva a la muerte del hombre. Así se constata actualmente un pavoroso vacío de sentido y una falta de orientación que es la causa más profunda de las angustias existenciales de muchas personas. Como dijo L. Kolakowski: "Al perderse la autoconfianza de la fe se rompe la autoconfianza de la increencia. Contrariamente al cómodo mundo del ateísmo de la Ilustración, protegido por la naturaleza amable y bondadosa, el mundo ateo de hoy se percibe como un perpetuo y agobiante caos. Este mundo carece de todo sentido, de toda dirección, de todo signo orientador, de toda estructura..... Desde hace cien años, desde que Nietzsche anunciara la muerte de Dios, apenas se ven ya ateos joviales...... La ausencia de Dios se ha convertido en la herida siempre abierta del espíritu europeo, por mucho que se intente olvidar mediante estupefacientes artificiales..... El derrumbamiento del cristianismo, esperado con alegría por la Ilustración, ha resultado ser casi al mismo tiempo -en la medida en que se ha consumado- el derrumbamiento de la Ilustración. El flamante orden nuevo del antropocentrismo, que debía de construirse en lugar del Dios desaparecido, nunca ha llegado" (L. Kolakowski, "Die Sorge um Gott in unieren scheinbar gottlosen Zeitalter", en Der nahe und der ferne Gott. Nichttheologische Texte zur Gottesfrage im 20. Jahrhundert. Ein Lesebuch", Berlin 1981, 10).

miércoles, 3 de febrero de 2016

CRISTIANISMO EVANGÉLICO II

CRISTIANISMO EVANGÉLICO: LOS HOMBRES DEL CRISTIANISMO EVANGELICO

Desprecio de la especulación, inquietud práctica y religiosa, primacía de la fe, pesimismo respecto al hombre y una inmensa esperanza que nace de la Encarnación, son temas que reviven en los hombres y las obras de los primeros siglo de nuestra era.

Hay que ser Griego para creer que la sabiduría se aprende. La literatura Cristiana desde sus orígenes no cuenta con ningún moralista hasta Clemente y Tertuliano(1). San Clemente, San Ignacio, San Policarpo, el autor de la doctrina de los doce apóstoles y el de la epístola apócrifa, llamada de Bernabé, no se interesan sino por el aspecto religioso de los problemas. La literatura llamada apostólica(2) es exclusivamente práctica y popular. Esta literatura se desarrolló del 50 al 90 d.C.. Puede, pues, pretender reflejar la enseñanza de los apóstoles. Sea como sea, se compone: de la primera epístola de San Clemente (93-97) escrita sin duda en Roma; de las Siete epístolas de San Ignacio (107-117) en Antioquia y a lo largo de la costa de Asia Menor; en Egipto entre 130 y 131 de la epístola apócrifa(3) de Bernabé; de la doctrina de los doce apóstoles, en Palestina probablemente(131-160); del “Pastor de Hermes” en Roma (140-155); en Roma o Corinto, de la segunda epístola de San Clemente en el 150; fragmentos de Papias, en Hierápolis en Frigia (150); En Esmirna, de la epístola de San Policarpio y de su “Martirium” (155-156).

a)    La Primera epístola de San Clemente se propone como única meta traer la paz a la Iglesia de Corinto. Su carácter es pues puramente práctico. Insiste en la filiación que existe entre el jefe de la Iglesia y los Apóstoles, y entre estos últimos y Jesucristo cuya encarnación nos ha salvado(4). Quiere someter a los Corintios a sus jefes espirituales, les demuestra que la causa de las discordias reside en la envidia y las toma como pretexto para hablar de la humildad y de la virtud de obediencia, lo que le lleva al elogio de la caridad(5). Es por la humildad que obtenemos la remisión de nuestros pecados. Aquí se puede colocar un segundo punto de vista específicamente evangélico: los que son elegidos no lo son por sus obras sino por su fe en Dios(6). Un poco más adelante Clemente habla de la necesidad de las obras y de la ineficacia de la fe sin ellas(7).
b)    Las cartas de San Ignacio no son sino escritos de circunstancias, extraños a toda especulación metódica. Pero San Ignacio es de los Padres Apostólicos el que tuvo el sentimiento más vivo para el Cristo hecho carne. Combatió con tenacidad la tendencia docetista en el seno del Cristianismo. Jesús es “Hijo de Dios” según la voluntad y potencia de Dios, nacido verdaderamente de una Virgen(9). De la raza de David según la carne es Hijo del Hombre e Hijo de Dios(10)…. Afirma la maternidad real de María(11)… Verdaderamente nacido de una Virgen….. Fue traspasado y crucificado bajo Poncio Pilatos y Herodes el Tetrarca(12)…… Sufrió verdaderamente y resucitó él mismo, y no como dicen algunos incrédulos que pretenden que sufrió sólo en apariencia(13). Ignacio enfatiza más aún, si se puede, la humanidad que revistió al Cristo. Afirma que es en la carne que Cristo resucitó: “Porque sé y creo que El estaba en la carne incluso después de la resurrección; y cuando El se presentó a Pedro y su compañía, les dijo: Poned las manos sobre mí y palpadme, y ved que no soy un demonio sin cuerpo. Y al punto ellos le tocaron, y creyeron, habiéndose unido a su carne y su sangre. Por lo cual ellos despreciaron la muerte, es más, fueron hallados superiores a la muerte. Y después de su resurrección Él comió y bebió con ellos como uno que está en la carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre”(14). Sobre esta comunión del Cristo en nosotros, Ignacio establece la unidad de la Iglesia y las reglas de la vida religiosa. Para él, nada tiene valor excepto la Fe y el Amor: “El todo es la fe y la caridad”: No hay nada más precioso(15). E incluso llevando a un extremo uno de los temas del Cristianismo primitivo, afirma que aquel que tiene la fe no peca: “Los carnales no pueden hacer las obras espirituales, ni los espirituales las obras carnales, como tampoco la fe puede hacer las obras de la infidelidad, ni la infidelidad las de la fe. Pero aquellas mismas obras que vosotros hacéis en la carne son espirituales, pues es en Jesucristo que vosotros lo hacéis todo”(16). Este es el tipo de Cristianismo exaltado, extremo en su fe y en las consecuencias que presupone: “Mis deseos personales han sido crucificados, y no hay fuego de anhelo material alguno en mí, sino sólo agua viva “que habla” dentro de mí, diciéndome: Ven al Padre”(17).
c)    La Epístola atribuida a San Bernabé(18) es sobretodo una obra polémica dirigida contra el Judaísmo. No contiene a penas elementos doctrinales y no presenta sino un interés débil. El autor insiste solamente con mucho realismo sobre la Redención. Esta viene debido a que Jesús entregó su carne a la destrucción y nos ha rociado con su sangre(19). Este es el Bautismo que nos permite participar en esta Redención: “Esto quiere decir que nosotros bajamos al agua rebosando pecados y suciedad, y subimos llevando fruto en nuestro corazón, es decir, con el temor y la esperanza de Jesús en nuestro espíritu. Y el que comiere de ellos, vivirá para siempre, quiere decir: quien escuchare, cuando se le hablan estas cosas, y las creyere, vivirá eternamente”(20).
d)    Existen dos caminos, uno el de la vida, el otro el de la muerte, aunque hay una gran diferencia entre los dos(21). La doctrina de los doce apóstoles se vinculó solamente a la enseñanza de lo que constituye el camino de la vida y de lo que hay que hacer para evitar el de la muerte. Es un catecismo, un formulario litúrgico que no desmiente lo ya avanzado sobre el carácter exclusivamente práctico de esta literatura.
e)    El Pastor de Hermes y la segunda epístola de Clemente son ante todo obras de identificación(22). El tema común a estas dos obras es la penitencia. Esta, Hermes la permite solamente para las faltas cometidas hasta el momento en el que escribe. A partir de este momento la doctrina penitencial se impregna del rigor particular a las doctrinas pesimistas. A los Cristianos de su época, no les otorga esta penitencia sino una sola vez(23). Establece una tarifa según la cual una hora de placer impío debe expiarse durante treinta días de penitencia y un día con un año. Según él los malvados están destinados a las llamas y cualquiera que conociendo a Dios realice el mal, expiará eternamente(24). La segunda epístola de Clemente es una homilía que ofrece frecuentes analogías con el “Pastor” de Hermes. Ahí también la meta es práctica: exhortar a los fieles a la Caridad y la Penitencia. En el capítulo IX se demuestra la encarnación real y tangible de Jesús. Lo que sigue se dedica a describir los castigos y recompensas que serán infligidos u otorgados después de la resurrección.
f)    La epístola de Policarpo, la relación que se nos hace de su martirio, los fragmentos de Papías no nos enseñan nada nuevo(25). Dedicados a metas prácticas, estas obras se tienen en común una Cristología anti-docetista, una teoría clásica del pecado y la exaltación de la Fe. Estas resumen fielmente, en verdad, lo que ya sabemos sobre esta literatura apostólica y su desprecio hacia toda especulación.

LOS HOMBRES
Se puede decir que el pensamiento de los Padres apostólicos refleja el verdadero aspecto de la época en la que vivieron. Las primeras comunidades evangélicas compartían estas preocupaciones y se apartaban de toda ambición intelectual. Nada aclara mejor este estado de espíritu que los esfuerzos de Clemente de Alejandría para disipar estas prevenciones. Si se piensa que Clemente vivó a finales del siglo II(26), se observa con que tenacidad el Cristianismo se aferraba a sus orígenes, y tanto más dado que las fantasías del Gnosticismo aún no habían sido hechas para reconducir a los espíritus hacia la filosofía.

Clemente de Alejandría(27), de espíritu y cultura griegos, encontró una fuerte resistencia en su medio y todo su esfuerzo fue para rehabilitar la filosofía pagana y habituar a los espíritus Cristianos. Aquellos a los que Clemente llama “Simpliciores” son verdaderamente los primeros Cristianos y en ellos encontramos los postulados de la predicación apostólica: “El simple tiene miedo de la filosofía Griega al igual como los niños tienen miedo del Coco(28). Pero el desprecio se deja sentir: “Algunas gentes que se creen gentes de espíritu estiman que no se debe mezclar ni la filosofía, ni la dialéctica, ni siquiera aplicarse al estudio del universo”(29). Otros preguntan: “Para qué sirve saber las causas que explican el movimiento del sol o de los astros o haber estudiado geometría, la dialéctica u otras ciencias? Estas cosas no tienen ninguna utilidad cuando se trata de definir los deberes. La filosofía griega es un producto de la inteligencia humana: No enseña la verdad”(30).

Las opiniones del medio Cristiano en Alejandría eran perfectamente claras. La Fe es suficiente para el hombre, el resto es literatura. Tertuliano dice: “Que hay de común entre Atenas y Jerusalem, entre la Academia y la Iglesia…. Peor para aquellos que han puesto al día un Cristianismo estoico, platónico, dialéctico. Nosotros no tenemos curiosidad alguna después de Jesucristo, ni de búsqueda que no sea el Evangelio”(31). Clemente escribe: “No se me ocultan tampoco las murmuraciones de algunos ignorantes timoratos que se asustan ante el menor ruido, que dicen que es necesario ocuparse de lo más imprescindible, o sea, de lo que contiene la fe, y prescindir, en cambio, de las cosas externas y superfluas”(32).

Pero estos simples se apoyaban en los Libros Santos. Ya San Pablo les advirtió contra los “discursos engañosos”(33). Nadie se preocupaba de ser, sin la caridad, el bronce que resuena o el címbalo que retumba. Es por lo que en el siglo IV, Rutillius Namatianus definió al Cristianismo como “la secta que embrutece las almas”(34). De todo esto Clemente de Alejandría se siente solamente molesto: Celso está indignado(35). Prueba cierta de la vivacidad de una tradición que nos parece así haber sido establecida.

EVOLUCIÓN DEL CRISTIANISMO
Si echamos un vistazo hacia atrás, hay que concluir que el Cristianismo primitivo se resume en algunos temas elementales aunque vivaces alrededor de los cuales se agrupan las comunidades imbuidas de estas aspiraciones intentando darles cuerpo con su ejemplo o su predicación. Son valores fuertes y amargos los que esta nueva civilización pone en obra. De ahí la exaltación que acompaña su nacimiento y la riqueza interior que ha suscitado en el hombre.

Pero, sobre esta base, se prepara una evolución. Ya aparece el diseño desde Mateo a Juan. El Reino de Dios cede el lugar a la vida eterna(36). Dios es espíritu y es en espíritu que hay que adorarlo. El Cristianismo se estaba universalizando. La Trinidad, aún informe, se expresa a medias(37). El Cristianismo ya se había encontrado con el mundo Griego. Habría que ver las causas que lo impulsaron a profundizar constantemente y a expandir sus doctrinas bajo el abrigo Griego. La ruptura con el Judaísmo y la entrada en el espíritu mediterráneo creaban obligaciones al pensamiento Cristiano: satisfacer a los Griego incorporados a la nueva religión, atraer a los otros mostrándoles un Cristianismo menos Judío y hablarles en su lengua de manera general, expresarse con fórmulas comprensibles y hacer entrar los impulsos descoordinados de una fe muy profunda en los moldes cómodos del pensamiento griego.

En esta época y durante todo el siglo II, el Cristianismo tuvo adhesiones entre los Griegos más cultos(38). Arísitdes, cuya “Apología de Antonino el Piadoso” situada entre el 136 y el 161, Miltiades (hacia el 150), Justino cuya primera “apología” se sitúa entre el 150 y el 155, la segunda entre 150 y 160 y el célebre “Diálogo con Trifón” publicado hacia el 161, Atenagoras (“Supplicatio pro Christianos” 176-178) y otros tantos espíritus llegados a la nueva religión que concretizan la unión de una tradición especulativa y de una sensibilidad aún nueva en la cuenca del Mediterráneo.

Se trata para ellos de conciliar su espíritu, que la educación ha hecho griego, y su corazón que el amor Cristiano ha ocupado. En la historia estos Padres son apologistas, porque todo su esfuerzo efectivamente es para presentar al Cristianismo como conforme a la Razón. La fe, según ellos, completa los datos de la Razón y no es indigno para un espíritu Griego el aceptarlo. Es pues en el terreno de la filosofía que se encontraron las dos civilizaciones.

Justino, en particular, va bastante lejos en este camino. Se apoya en las semejanzas entre la doctrina Cristiana y las filosofías Griegas: El Evangelio es una continuación de Platón y los Estoicos(39). En esta coincidencia Justino ve dos razones. Primero esta idea, tan expandida en la época(40), que los filósofos Griegos tuvieron conocimiento de los libros del Antiguo Testamento y se inspiraron en este (suposición sin fundamento alguno pero que tuvo un éxito enorme). En segundo lugar, Justino piensa que el Logos se ha manifestado a nosotros en la persona de Jesucristo pero pre-existía ya a esta encarnación e inspiró la filosofía de los Griegos(41). Todo esto no le impide concluir en la necesidad moral de la Revelación, a causa de la especulación incompleta pagana.

LAS RESISTENCIAS
Pero, al mismo tiempo, las resistencias se desarrollaron también. Se conoce el desprecio de Tertuliano respecto a todo pensamiento pagano. Tatiano(42) y Hermias(43) también se hacen apóstoles de este movimiento “exclusivista”. Pero la tendencia más natural es la extensión y las resistencias de las que hablamos son las de los paganos. Se puede decir sin paradoja que estas resistencias contribuyeron mucho a la victoria del Cristianismo. P. De Labriolle(44) insiste mucho sobre el hecho que los paganos a finales del siglo II y a comienzos del III se aplicaron a derivar el entusiasmo religioso de la época hacia figuras y personalidades copiadas según el modelo de Cristo(45). Esta idea ya la tocó Celso cuando se opuso a Jesús, Esculapio, Hércules o Baco. Pero esto vino a ser muy pronto un sistema polémico. A comienzos del siglo III Filostrato escribió la maravillosa historia de Apolonio de Tiana que parece en muchos puntos imitar las Escrituras(46). Después Sócrates, Pitágoras, Hércules, Mithra, el sol, los Emperadores desviarán el fervor del mundo greco-romano y configurarán poco a poco un Cristo pagano. El método tenía sus pros y sus contras, pero nada muestra mejor hasta qué punto los Griegos habían comprendido el poder y seducción de la nueva Religión. Pero esta cristianización del decadente Helenismo demuestra también que las resistencias se hacían ingeniosas. De ahí aún, para el Cristianismo, la necesidad de usar sus puntos de vista, de exponer preferentemente sus grandes dogmas sobre la vida eterna, la naturaleza de Dios y de introducir así la metafísica. Esta fue la tarea de los apologistas. No hay que engañarse. Este trabajo de asimilación venía de lo más alto. Se remonta a Pablo nacido en Tarso, ciudad universitaria y helénica. Es particularmente claro, aunque desde un punto de vista Judaico, en Filon.

LOS PROBLEMAS RESULTANTES
De esta combinación de la fe evangélica con la metafísica griega surgen los dogmas Cristianos. Por otro lado, sumida en esta atmósfera de tensión religiosa, la filosofía Griega dio nacimiento al Neoplatonismo.

Esto no se hizo en un día. Es cierto que las oposiciones entre ideas Cristianas e ideas Griegas fueron suavizadas por el cosmopolitismo existente, sin embargo seguían existiendo entre ambas bastantes antinomias; había aún que conciliar la creación ex nihilo que excluía la hipótesis de la materia, con la perfección del dios Griego que implicaba la existencia de esta materia. El espíritu Griego veía la dificultad de un dios perfecto e inmutable creando lo temporal-imperfecto. Como bien dijo San Agustín bastante más tarde(47): “Es difícil de comprender la substancia del Dios que hizo cosas cambiantes sin experimentar ningún cambio y cosas temporales sin moverse de ninguna manera en el Tiempo”. Dicho de otra manera, la historia hacía necesario que el Cristianismo profundizara si quería universalizarse. Se trataba de crear una metafísica. Pero no hay metafísica si no hay un mínimo de racionalismo. La inteligencia es impotente para renovar sus temas cuando el sentimiento varía de matiz constantemente. El esfuerzo de conciliación inherente al Cristianismo será el de humanizar, intelectualizar sus temas sentimentales y de reconducir el pensamiento de estos confines en los que ella se debatía. Se trata de reducir esta desproporción entre Dios y el hombre que el Cristianismo había instaurado. Parece al contrario que en sus comienzos, el pensamiento Cristiano, bajo la influencia de estos valores de muerte y pasión, de temor al pecado y al castigo, había llegado al punto donde, como dice Hamlet, el tiempo se sale fuera de sus goznes.

Esta fue la tarea, en una medida bastante débil, de los primeros sistemas teológicos, los de Clemente de Alejandría y Orígenes, de los concilios en reacción contra las herejías, y sobretodo de San Agustín. Precisamente en este punto el Cristianismo entraba en una nueva fase donde se trataba de saber si perdería su originalidad profunda para mejor vulgarizarse, o si, al contrario, sacrificaría su poder de expansión a su necesidad de pureza, o si al fin llegaría a conciliar estas preocupaciones igualmente naturales. Aunque su evolución no fue armoniosa. Siguió caminos peligrosos que le enseñaron prudencia. Se trata del Gnosticismo. Se sirvió del neoplatonismo y de sus cómodos cuadros para alojar un pensamiento religioso. Definitivamente separado del Judaísmo, el Cristianismo se insertó en el Helenismo por la puerta que tenían abierta las religiones Orientales. Y sobre el altar al Dios desconocido(48) que Pablo encontró en Atenas, varios siglos de especulación Cristiana iban a elevar la imagen del Salvador en la cruz.                                                  
------------------------  
1.    J. Tixeront: “Histoire des Dogmes”, cap. III; Los testimonios de los Padres Apostólicos.
2.    Id. Cap. III, p. 115: “Se le da el nombre de Padres Apostólicos a los escritores eclesiásticos que aparecieron a finales del siglo I o en la primera mitad del siglo II de los que se supone recibieron de los apóstoles y de sus discípulos la enseñanza que nos transmiten.
3.    O “Didache”.
4.    XXXI, 6. Tixeront: III:2
5.    XLIV, id.
6.    XXXII, 3, 4, id.
7.    XXXIII, 1, id.
8.    TIXERONT, III, 5.
9.    ”A los Habitantes de Esmirna”, I, 1.
10.  Efes. XX,2.
11.  Efes. VII,2.
12.  Esmirna, I, 1, 2.
13.  Esmirna,II.
14.  Esmirna, III.
15.  Esmirna, VI, 1.
16.  Efes. VIII, 2.
17.  Rom. VII, 2.
18.  Tixeront, op. cit., III, 8.
19.  V, 1; VII, 3, 5.
20.  XI, xi, 1-8.
21.  I, 1, ap. Tixeront, III, 7.
22.  Tixeront, III, 3 y 4.
23.  Mandic, IV, 3.
24.  Similit. IV, 4.
25.  Tixeront, op. cit., III, 6.
26.  Entre el 180 y 203.
27.  DE FAYE: Clément d´Alexandrie, libro II, cap. 11.
28.  Estromata, I, 18.
29.  Estromata, I, 434.
30.  VI, 93.
31.  De Prescriptione Haereticorum, VII.
32.  Estormata, I, 18.
33.  Colos. 2:8.
34.  De Reditu suo, I, 389, en Rougier, Celso, p. 112.
35.  Discurso Verdadero, III, 37.
36.  Juan 3:16, 36; 4:14.
37.  5:19, 26.
38.  Puech: “Les Apologistes grecs du II siècle. Id. Tixeront op. cit. V, I.
39.  Apolo., II, 13.
40.  Apolo., I, 44, 59; Tatiano: Oratio ad Graecos, 40; Minucio Felix op. cit. 34; Tertuliano: Apologet. 47; Clemente de Alej. :Str. I, 28; VI, 44; VI, 153; VI, 159.
41.  Ap. II, 13, 8, 10.
42.  Oratio ad Graecos (165).
43.  Irrisio gentilium philosophorum (siglo III).
44.  La Réaction païenne (segunda parte, cap. II.
45.  Boissier: “La Religion Romaine”, tomo I, ix: El paganismo trata de reformarse basándose en el modelo de la religión que le amenaza y que combate”.
46.  Comparar sobretodo el episodio de la hija de Jairo(Luc. 8:40) y Vida de Apolonio, 4:45.
47.  De Trinitate: I, i, 3.

48.  Hech. 17:16.

miércoles, 20 de enero de 2016

EL CRISTIANISMO EVANGELICO I

EL CRISTIANISMO EVANGÉLICO
Es difícil hablar en bloque de un Cristianismo evangélico. Aunque al menos es posible detectar cierto estado de espíritu donde tiene su fuente la evolución posterior. El tema privilegiado, el que está en el centro del pensamiento Cristiano de entonces y hacia el que todo converge, la solución natural a las aspiraciones de la época, es la Encarnación. La Encarnación, o sea la puesta en contacto de lo divino y lo carnal en la persona de Jesucristo: la aventura extraordinaria de un Dios que carga a su cuenta el pecado y la miseria del hombre, la humildad y las humillaciones presentadas como símbolos de la Redención.

Hay dos estado del alma en el Cristiano Evangélico: el pesimismo y la esperanza. Que evolucionan sobre cierto plan trágico, la humanidad de entonces no descansa sino en Dios y, poniendo en sus manos toda esperanza de un destino mejor, no aspira sino a Él, no ve sino a Él en el Universo, abandona todo interés fuera de la fe y encarna en Dios el símbolo mismo de esta inquietud desgarrada de elevación. Hay que elegir entre el mundo y Dios.

EL PLAN TRÁGICO
La ignorancia y el desdén de toda especulación sistemática, esto es lo que caracteriza el estado de espíritu de los primeros Cristianos. Los hechos los ciegan y presionan. Entre otros la muerte.

a)    A finales del siglo IV aún, Julio Quntus-Hilarianus, obispo de África preconsular, calcula en su “De mundi induratione” que al mundo le quedan 101 años(1). Esta historia de una muerte próxima unida estrechamente a la Paroussia de Cristo obsesionó a la primera generación Cristiana(2). Hay ahí un ejemplo único de una experiencia colectiva de la muerte(3). En el mundo de nuestra experiencia, realizar esta idea de la muerte equivale a dotar a nuestra vida de un sentido nuevo. Lo que se descubre es el triunfo de la carne, el pavor físico ante este tema indignante. Cómo extrañarse que los Cristianos hayan tenido un sentido tan amargo de la humillación y del dolor de la carne, y que estas nociones hayan jugado un papel capital en la elaboración de la metafísica Cristiana. Ya se observa en el Antiguo Testamento este tono en Job(4) y el Eclesiastés(5). Pero los Evangelios pusieron este sentido de la muerte en el centro de su devoción. El Cristianismo está centrado en la persona de Cristo y su muerte. Se hace de Jesús una abstracción o un símbolo. Aunque los verdaderos Cristianos son aquellos que han realizado este triunfo de la carne martirizada.
b)    “Nos gusta, dice Pascal, acomodarnos en la sociedad de nuestros semejantes: miserables como nosotros, impotentes como nosotros, no nos ayudaran, moriremos solos”. La experiencia de la muerte lleva a una cierta posición muy delicada y difícil de definir. Numerosos son en efecto los textos del Evangelio donde Jesús recomienda la indiferencia  o incluso el odio respecto al prójimo como medio para alcanzar el reino de Dios(6). Es esta la base de un inmoralismo? No, sino la de una moral superior(7). Se comprenderá mediante estos textos cuanto el “Dar al César lo que es del César” no es sino una concesión de desprecio más que una declaración de conformismo. Lo que es del César es el Denario donde se imprime su efigie. Lo que es de Dios es el corazón del hombre, habiendo roto todo lazo con el mundo. Esta es la señal del pesimismo que no de la aceptación. Pero como es natural estos temas bastante vagos y estas actitudes del espíritu se concretizan y se resumen en la noción propiamente religiosa del pecado.
c)    En el pecado el hombre toma conciencia de su miseria y de su orgullo. “Nemo Bonus(8) Omnes peccaverunt”(9) el pecado es universal. Pero de entre todos los textos del Nuevo Testamento(10) pocos son tan ricos de sentido y observación como los pasajes de la Epístola a los Romanos(11). Aquí se describe el “Non posse non peccare” de San Agustín. Al mismo tiempo el alma pesimista Cristiana acerca del mundo se hace explícita. Es a este punto de vista y aspiraciones que responde la parte constructiva del Cristianismo evangélico. “Es como un cierto número de hombres todos condenados a muerte, de los que se van degollando algunos cada día a la vista de los demás, los que quedan observan su propia condición en la de sus semejantes y se ven con dolor y sin esperanza, mientras esperan su turno”. Es la imagen de la condición humana. Pero de estos condenados a muerte surge la esperanza que había de transportarlos.

EL ESPÍRITU DE DIOS
La idea del Reino de Dios no es absolutamente nueva en el Nuevo Testamento. Los Judíos conocía ya la palabra y la cosa(12). Aunque en los Evangelios este reino no tiene nada de terrestre(13). Es espiritual. Es la contemplación de Dios mismo. Fuera de esta conquista, ninguna especulación es deseable(14). Es la humildad y la simplicidad de los niños que hay que esforzarse en alcanzar(15). Es pues a los niños a los que les es prometido el Reino de Dios aunque también a los sabios que han sabido despojarse de su saber para comprender la verdad del corazón, y han añadido así a la virtud de la simplicidad el precioso mérito del esfuerzo sobre sí. En “el Octavio”, Minucio Félix hace hablar a Cecilio, defensor del paganismo: “Es indignante que gente que no ha estudiado, extraños a las letras, inútiles incluso en las artes viles, emitan opiniones que tienen por ciertas, sobretodo de lo que hay de más elevado y más majestuoso en la naturaleza, mientras que la filosofía discute sobre esto desde siglos”. Este desdén de toda especulación pura, se explica en gentes que tenían su entusiasmo en Dios como meta de todo esfuerzo humano. Pero un cierto número de consecuencias se siguen de esto.

Al poner en primer plano el esfuerzo del hombre hacia Dios, se subordina todo a este movimiento. El mundo mismo se ordena siguiendo esta dirección. La historia tiene el sentido que Dios ha querido darle. La filosofía de la historia, noción extraña al espíritu griego, es una invención Judía. Los problemas metafísicos se encarnan en el tiempo y el mundo no es sino el símbolo carnal de este esfuerzo del hombre hacia Dios. De ahí la importancia capital otorgada a la fe(16). Es suficiente que un paralítico crea -y helo aquí sanado. Y es que la esencia de esta fe es consentir y renunciar. La fe es siempre más importante que las obras(17).

La fe tiene un tan alto precio que sobrepasa la exigencia de los méritos. Se trata, pues, de una apología de la humildad. Hay que preferir al pecador arrepentido al virtuoso que realiza buenas obras y no necesita arrepentirse. El obrero de la undécima hora cobrará lo mismo que el de la primera. Se hará una fiesta al hijo pródigo en casa de su padre, etc.

Si es verdad que el hombre no es nada y que su destino está completamente en las manos de Dios, que las obras no son suficientes para asegurar al hombre su recompensa, y si el Nemo Bonus es verdad, quién alcanzará este reino de Dios? La distancia es tan grande del hombre a Dios que nadie puede esperar colmarla. El no puede alcanzarla y sólo la desesperanza le queda como camino. Pero la encarnación aporta la solución. Al no poder el hombre alcanzar a Dios, Dios desciende hacia él. Así nace la universal esperanza en Cristo. El hombre ha tenido razón de confiarse a Dios dado que éste la otorga la gracia más infinita.

Es en Pablo que esta doctrina se expresa por primera vez de manera coherente(18). Para él la voluntad de Dios sólo tiene un fin: salvar a los hombres. La creación y la redención no son sino dos manifestaciones de su voluntad, la primera y la segunda de sus revelaciones(19). El pecado de Adán ha corrompido a la humanidad y lo ha llevado a la muerte(20). No le queda ningún recurso personal. La ley moral del Antiguo Testamento se conforma en efecto con dar al hombre la imagen del deber a cumplir. Pero no le otorga la fuerza. Por ello, lo hace doblemente culpable(21). La única manera de salvarnos era venir a nosotros, aligerarnos de nuestros pecados por el milagro de la gracia, este es Jesús, de nuestra raza y sangre(22), quien nos representa y nos ha sustituido. Muriendo con él y en él, el hombre ha pagado su pecado y la encarnación es al mismo tiempo la redención(23). Aunque no se alcanza la total potencia de Dios, pues la muerte y la encarnación de su hijo son gracias y no sanciones debidas al mérito humano.

Esta solución de hecho resolvía todas las dificultadas de una doctrina que establecía una tan gran separación entre Dios y el hombre. Platón que quería unir el bien al hombre se vio obligado a construir toda una escala de ideas entre estos dos términos. Con ello creaba un saber. Aquí no hay razonamiento; sino un hecho. Jesús ha llegado. A la sabiduría Griega que no es más que una ciencia, el Cristianismo se opone como un estado de cosas.

Para comprender la originalidad de una noción tan familiar para nosotros, preguntemos su opinión a los paganos de la época. Un espíritu tan cultivado como el de Celso no entendía. Su indignación es real. Se le escapa algo que era demasiado nuevo para él: “Entre Cristianos y Judíos, están los que declaran que un Dios o un Hijo de Dios descenderá a la tierra para justificar a los hombres, otros que él ya vino: idea tan pueril que en verdad no necesita de un largo discurso para ser refutada. Con qué designio iba a descender Dios acá abajo? Sería para saber lo que pasa entre los hombres? Pero no es él omnisciente? O será que sabiéndolo todo, su divino poder está hasta tal punto limitado, que nada puede corregir si no viniese en persona o si no enviara expresamente un mandatario al mundo? Si se entiende que él debe descender en persona a la tierra, le será entonces preciso abandonar la sede d3esde donde gobierna? Ahora bien, si se produjera la más ligera mudanza, todo el universo se trastocaría. O viendo tal vez que los hombres lo desconocían y considerando que por eso algo le fataba, Él habría tomado sumo interés en manifestárseles y experimentar por sí mismo y poner a prueba a los fieles ya los incrédulos? Eso sería atribuirle una vanidad muy humana, comparable a la de esos nuevos ricos empeñados en hacer ostentación de su riqueza, poco ha adquirida. Dios no necesita para su contenido personal del hecho de ser conocido por nosotros. Sería para nuestra salvación por lo que él quiso revelarse, a fin de salvar a los que, habiéndole reconocido, serán considerados virtuosos, y castiga a los que, habiéndole rechazado, manifestaran de este modo su malicia?  Pero, qué? Vamos a pensar que después de tantos siglos, Dios se haya preocupado de justificar a los hombres, de los que antes no se había preocupado? Es tener de Dios una idea poco concorde con la sabiduría y con la verdadera piedad”(24). Igualmente, la encarnación le parece inaceptable a Porfirio: “Incluso suponiendo que algunos Griegos sean lo bastante obtusos como para pensar que los Dioses habitan en las estatuas, sería esto aún una concepción más pura que admitir que lo Divino haya descendido al seno de la Virgen María, que se convirtiese en embrión, y que naciera manchado de sangre, bilis y aún orín”. Además, Porfirio se extraña de que Cristo hubiera podido sufrir en la cruz, cuando en verdad debería haber permanecido impasible(25).

No hay nada más específicamente Cristiano que la noción de Encarnación. Es en ella que se resumen los temas oscuros que muchos han tratado de delimitar. Es sobre este argumento de hecho inmediatamente comprensible que se realizan los movimientos de pensamiento en aquellos que animaban.        
-------------------------     
1.     P. De Labriolle: “Histoire de la littérature latine Chrétienne”.
2.     Sobre la inminencia de esta Paroussia, ver Marc. 8:38; 13:30; Mat. 10:23; 12:27-28; 24:34; Luc. 9:26-27; 21:32, etc.
3.     P. De Labriolle, op. cit., p. 49: “Penetrados por el sentimiento que el mundo iba pronto a morir (sentimiento común a las primeras generaciones de Cristianos)….
4.     Job 2:9; 3:3; 10:8; 10:21-22; 12:23; 17:10-16.
5.     Passim: 2:17; 3:19-21; 12:1-8.
6.     Mat. 8:22; Mat. 10:21-22; Mat. 10:35-37; Mat. 12:46-50; Luc. 3:34; 14:26-33.
7.     Luc. 14:26-28.
8.     Marc. 10:18.
9.     Rom. 3:23.
10.   Juan, 1:8; Cor. 10:13; Mat. 12:21-23; Mat. 19:25-26.
11.   Rom. 7:15-24.
12.   Sabiduría 10:10.
13.   Luc. 12:14.
14.   Colo. 2:18.
15.   Mat. 18:3,4; 19:16; Marc. 10:14,15.
16.   Mat. 14:33; 12:58; 15:28.
17.   Mat. 10:16-18; 20:1-16; 25:14-23.
18.   Colo. 1:15; Corint. 15:45; Rom. 1:4.
19.   Rom. 1:20; 8:28; Ef. 1:45; 3:11; Tim. 1:9.
20.   Rom. 5:12; 14 + 15-17; 6:23.
21.   Rom. 3:20; Rom. 5:13; Rom. 7:7-8.
22.   Rom. 1:3; 4:4.
23.   Rom. 3:25; 6:6; Cor. 6:20; Gál. 3:13.
24.   Celso: “El Discurso verdadero contra los Cristianos, 4:41”.

25.   Fragmentos, 84.