Es quizá en los elementos haggádicos de la literatura rabínica donde hay que buscar la enseñanza referente a la caída y sus consecuencias. Haggcda, dice Bacher, es "la elaboración exegética de los contenidos de un versículo, la evolución de ideas nuevas basadas en la interpretación del texto bíblico". Quizá se pueda definir como "manipulación de la escritura". Se llega a las ideas mediante la imaginación, o la comparación y mezcla de la enseñanza de un pasaje con la de otros; y se deduce el resultado de un versículo particular. Lo caprichoso de algunas afirmaciones rabínicas se puede explicar por los curiosos métodos mediante los cuales se llega a esta.
Siguiendo el Antiguo Testamento, la teología Judía enseña que el hombre fue hecho a la imagen de Dios. Esta simple afirmación escrituras es desarrollada de varias formas. Los Targums de Onkelos y el Seudo-Jonatan mantienen la doctrina bíblica, igualmente la haggada del Amorim, y la de Akiba; pero el Targum de Jerusalem (Jerus. II) se enseña: se interpretan las palabras "Hagamos al hombre a nuestra imagen" como refiriéndose a Dios y a los ángeles que le ayudaban". Así, la doctrina Hebrea Original tendía a ser debilitada en la de la creación a imagen de los ángeles. También encontramos en la midrash y en los escritos de Filón, la distinción entre un Adán celestial, hecho a la imagen de Dios, y el Adán terrenal. Hay también que observar la tendencia a magnificar a Adán en un super-hombre, lo que algunas autoridades consideran es debido a la influencia de la mitología Caldea e Iraní, también observable en Filón y los escritos seudográficos, bien señalada en la midrash del Talmud. Pasajes que expresan la creencia que el primer hombre estaba dotado con enorme estatura, con belleza física, con sobreabundante sabiduría, etc. Muchas de estas imaginaciones son comunes en la literatura seudográfica y Gnóstica, y son probablemente pre-cristianas en antigüedad y ampliamente extranjeras en su origen. La Judeo-Pagana idea de la sabiduría sobrehumana de Adán pasó a la Iglesia Cristiana, y también a los sectas herejes; al haber recibido la aprobación de algunos padres, como San Agustín y Aquino, vino a ser el germen de muy elaborados desarrollos a manos de los escritores posteriores a la Reforma. Toda la creación se malogra con la caída, no recuperará el orden hasta la venida del Mesías. En esto la especulación rabínica es idéntica prácticamente con la de los escritores apocalípticos individuales en lugar de un cuerpo de doctrina individual y armonizada.
El que los malos deseos puedan, tan a menudo, aparecer en nuestra conciencia es evidencia de que nuestra naturaleza no es normal. O, que las malas tendencias están dentro de nosotros antes de tener uso de razón, otra prueba de la existencia en nosotros de una falta por naturaleza.
martes, 7 de junio de 2016
lunes, 30 de mayo de 2016
JUAN Y LA IGLESIA SAMARITANA
LA IGLESIA SAMARITANA Y EL GRUPO DE
LOS SIETE
No es nueva la hipótesis de que el Evangelio de Juan pudo tener su origen en Samaria(1). Al no haber evidencia documental, la totalidad de
la argumentación ha de partir necesariamente de los indicios que suministra el
propio texto:
a.
En contraste con el testimonio de los
sinópticos, en los que Jesús prohíbe a sus discípulos predicar en tierra de
Samaritanos (Mat. 10:5), en Juan es el propio Jesús quien predica en
Samaria, como indica el episodio del pozo de la Samaritana(Jn. 4:1-42). A pesar de que el pasaje está interpolado por el autor
de los discursos, en él aparecen algunos elementos escatológicos propios de las
fases más antiguas del Cristianismo y referencias muy concretas a la propia
predicación Cristiana en Samaria.
b.
Ante la acusación de los Judíos de estar
endemoniado y ser un samaritano(Jn. 8:48),
Jesús se defiende de la primera: “Yo no tengo un demonio”(Jn. 8:49) –dice-, pero no se siente mortalmente ofendido por el
agravio de ser llamado samaritano, tal como habría hecho cualquier judío de su
época. De hecho, ignora el insulto, que deja pasar sin contestar.
c.
Huyendo de los Judíos que pretenden asesinarle,
Jesús se esconde en Efraim(Samaria), en donde no parece tener ningún problema
con la población local(Jn. 11:54).
Actitud bien distinta de la que mantienen en el Evangelio de Lucas los Samaritanos con Jesús y sus discípulos,
quienes por su parte, tampoco se muestran particularmente amistosos con ellos:
“Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: “Señor, quieres que digamos
que baje fuego del cielo y los consuma?”(Luc.
9:54).
d.
Por otra parte, también se menciona a Juan el
Bautista ejerciendo su misión precursora entre los samaritanos(Jn. 3:23). Aunque en rigor no es posible
ubicar ambos topónimos. Fue Conder (1878, p. 92) quien identificó Ainón con la
aldea de Ainun, junto al Wadi Far`ah, al noreste de la antigua Salim y próxima
a Nablús –el antiguo Siquem samaritano, en donde tendrá lugar la escena del
pozo de la Samaritana(2). El Juan del cuarto
evangelio estaría ejerciendo su misión en el corazón de Samaria.
Sería, pues, esta comunidad Cristiana asentada en Samaria la
que está detrás de la creación de la primera instancia redaccional del
evangelio. Ahora bien, como señala Mateos (1993, pp. 237), eso no significa que
su autor tuviera precisamente un origen samaritano. Según él, se trataría de un
Judío que formaría parte de una comunidad Cristiana de origen Judío asentada en
Samaria. Ello explicaría el interés por el Templo y la ciudad santa, pero
también el “color” samaritano del relato. Pero postular que se este el grupo
que acabaría dando lugar a la primera versión del Evangelio de Juan no significa que esta fuera compuesta en Samaria.
Tal hecho ocurrió en Éfeso, ya muy pasado el año 70.
La distancia teológica y textual que evidencia el Evangelio de Juan respecto a los
sinópticos revela que es producto de una comunidad que se halla relativamente
apartada del circuito de grupos en el que inicialmente estos circularon. Y la
comunidad cristiana samaritana es un buen candidato a ser tenido en cuenta como
marco social en el que fraguaron los diversos elementos que, al margen de las
comunidades judeo-cristianas y paulinas, perfectamente caracterizadas desde
hace tiempo, existió una tercera iglesia cristiana primitiva mucho menos
conocida, la Samaritana. No obstante de esta solo existen unas cuantas noticias
legendarias (Hech. 1:6-8).
Unos instantes antes de emprender su ascensión, el
Resucitado realiza ante sus discípulos una profecía que habría asombrado al
Jesús de los sinópticos. Él, que les había prohibido moverse entre los odiados
samaritanos (Mat. 10:5), él comunica
la extensión de la Buena Nueva entre ellos. De su iglesia solo hay noticias a
través de los Hechos de los Apótoles
y, en rigor, la información que suministra se reduce a dos breves episodios(3).
a.
Felipe predica en Samaria (Hech. 8:4-8).
b.
Felipe bautiza a Simón el Mago en Samaria (Hech. 8:9-13).
Diez versículos en total.
ORÍGENES DE LA IGLESIA SAMARITANA
En Los Hechos de los
Apóstoles se manifiesta, de manera muy suave, el conflicto histórico entre
judeo-cristianos y cristianos helenistas que conocemos de forma más explícita a
través de las epístolas paulinas. Es muy posible que la iglesia samaritana
surgiese de un conflicto anterior, que se intuye leyendo entre líneas el
sesgado relato lucano. Y es que Felipe, el evangelista de Samaria, pertenece a
un grupo muy bien caracterizado en la obra lucana, ya que es nada uno de los
siete “diáconos” que dirigen el grupo de los Judíos de habla griega convertidos
al cristianismo, los helenistas Hech. 6:1-6(4).
La descripción del autor de Hechos es muy esquemática. Lo cierto es que el grupo presidido por
“los Siete”(5) debió de singularizarse de tal
manera frente al grupo gobernado por “los Doce” que mereció, muchos años
después, un recuerdo simbólico que perduró tanto en la tradición sinóptica (Mc. 6:30-44 y 8:1-9)[cf. Mat. 10:2-4; Luc. 6:14-16] como en el propio evangelio de Juan(6:1-14). El
relato de la doble “multiplicación de los panes”: mientras predica, Jesús
congrega dos multitudes y sus discípulos solo hallan unos panes y unos peces.
Ante esto, Jesús realiza el milagro(Mc. 6:42-45).
Dejando a un lado consideraciones
sobre su eventual interpretación sacramental, el episodio responde a una
ficción taumatúrgica en la que la abundancia de la que participa la hambrienta
multitud. La Iglesia, heredera de la promesa mesiánica, materializa en sí la
inagotable munificencia del Reino de Dios y subviene a las necesidades de todos
sus miembros. La prolongación en el tiempo de la promesa originaria se
evidencia en el número de los canastos de pan que sobran del banquete, doce y
siete respectivamente, los cuales simbolizan precisamente los grupos dirigentes
de cada uno de los grupos: los apóstoles y los diáconos(6), ministros todos en la mesa del banquete mesiánico que se ha
establecido en la Jerusalem recreada en el relato del autor lucano(7). En cualquier caso, como argumenta Simon, la
distinción entre los “Doce apóstoles” y los “Siete diáconos” es una creación
del autor lucano, quien no hace sino proyectar un esquema organizativo
jerárquico de su comunidad, en la realidad histórica del cristianismo
jerosolimitano. En efecto, la lectura de los documentos eclesiásticos de
comienzos del siglo II revela una repartición entre presbíteros/epíscopos y diáconos
que, en cambio, es inasumible en la realidad del cristianismo en los años 30(8).
“Puede admitirse que
los Siete representan para los griegos lo que los Doce para los hebreos. Puede
ocurrir que, o bien su elección es en su totalidad ficticia, o bien se llevó a
cabo tan solo en el seno del grupo griego y, posiblemente, con anterioridad al
conflicto que, en forma vaga, nos describe el redactor. También podría tratarse
de una sinagoga de judíos de la Diáspora instalados en Jerusalem en
circunstancias aún desconocidas y que posiblemente estaban organizados, aun
antes de convertirse al cristianismo, sobre la base de una tradición original y
con algunas particularidades en los ritos o en las creencias”.
En cualquier caso, según el relato de Lucas, el grupo
helenista no solo sufría de la preterición a la hora de atender a sus
necesitados. Lo peor acabó siendo víctima de una feroz persecución, cuyo
episodio más conocido es el martirio de Esteban(Hech. 6:8-15 y 7). Tras ser lapidado, “aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia
de Jerusalem. Todos, a excepción de los apóstoles, se dispersaron por las
regiones de Judea y Samaria”. (Hech. 8:1).
El relato es muy poco verosímil. Más probable es que el ataque fuera dirigido
exclusivamente contra el grupo dirigido por Esteba, grupo doblemente
sospechoso: no solo por su lengua griega, sino, sobre todo, por su propensión a
incorporar peligrosas novedades teológicas y disciplinares en sus sinagogas. En
cualquier caso, con su dispersión –si no la de todos ellos, sí la de una parte
significativa del grupo-, parece acabar la breve trayectoria histórica del
grupo de los helenistas (Hech. 8:2-8).
Formulado mediante una cadena de hechos yuxtapuestos
(entierro de Esteban, persecución de Pablo, dispersión, predicación de Felipe
en Samaria)(Hech. 6:9-11). Resulta
significativo que entre estos mencione a algunos Judíos procedentes de Cilicia,
y que es Pablo, precisamente, quien es presentado en el relato lucano guardando
las ropas de los ejecutores de la lapidación (Hech. 7:58). Más aún, “Saulo aprobaba su muerte”(Hech. 8:1). Después de haber eliminado a
uno de los líderes del grupo Cristiano helenista, Pablo participa en una
persecución sistemática contra ellos, la cual dará lugar a la dispersión. Las
causas de la persecución no están claras. El autor de Hechos menciona un ataque al Templo y a las leyes de Moisés(Hech. 6:13-14), acusación que parece
tener relación con un pasaje joánico(Jn. 2:18-21).
Según esto, nos hallaríamos ante una comunidad sinagogal de
origen foráneo –parecen moverse en las comunidades Judías procedentes de Asia
Menor y el norte de África- que se sentiría bastante alejada de la religiosidad
tradicional vinculada al Templo. Frente al grupo de lengua semítica,
perfectamente integrado en las devociones del culto(9),
estos Cristianos de lengua Griega habrían asumido la resurrección de Jesús de
acuerdo con sus propios esquemas teológicos. Procedentes de la Diáspora, desde
la que la lejana Jerusalem era más un referente sentimental que la piedra
angular de su fe, los Judíos helenistas contemplaban la sinagoga como el
auténtico centro de su vida religiosa, basada en la lectura y comentario de las
Escrituras, antes que en la práctica
sacrificial arcaizante sobre la que se articulaba la actividad del Templo. Por
no hablar de la pésima impresión que en ellos debían de despertar los
aristocráticos saduceos, tan alejados de sus intereses e inquietudes
espirituales. De hecho, la destrucción del Templo, décadas después, no tuvo por
qué suponer una quiebra absoluta en las mentes y los corazones de buena parte
de los judíos extendidos por el mundo. Sin embargo, el fin del Templo no fue el
fin del Judaísmo. Al fin y al cabo, ya había dejado de tener sentido mucho
tiempo atrás(10). Así se expresa en el discurso
de Esteban(11):
“Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del
Testimonio”(12). Más que destruir el Templo,
esta comunidad lo que pretendía era edificar otro paralelo de carácter
espiritual y trascendente, que acabó siendo ocupado por el Mesías recientemente
aceptado(13).
El Templo, pues, había dejado de ser un lugar físico y
quedaba transformado en un espacio espiritual cuya clave era el propio Cristo,
tal como evidencian las primitivas fórmulas cristológicas sacerdotales en Hebreos, Juan y el Apocalipsis(14). Es posible que el grupo helenista hubiera
realizado otros avances teológicos que entraban claramente dentro del ámbito de
la blasfemia, ya que es posible rastrear en su teología elementos que parecen
apuntar a fórmulas que insinúan la divinidad de Cristo(15).
Si bien Esteban todavía no se atreve a sentar a Cristo en el propio trono de Dios(16), otros pasajes de la obra ya manejan citas
bíblicas que lo preludian claramente(Hech.
2:30-31).
La superación teológica del Mesías tradicional hallaba
paralelo en su consideración de lo que debía de ser la composición de sus
propios grupos sinagogales (Hech. 11:19-20).
El relato aunque parco resulta importante porque es la primera ocasión en la
que se menciona la predicación cristiana entre los gentiles. Mas no por parte
de Pablo, sino precisamente por obra de aquellos helenistas huidos de
Jerusalem(17). Es esta la primera vez que
ocurrió semejante novedad? Seguramente no. El incipiente Cristianismo prendió
su llama en un excéntrico grupo de Judíos procedentes de la Diáspora que
posiblemente ya venían practicando la integración de gentiles en su seno(18). Y fue tal práctica la que acabó dando lugar a su
propia interpretación de la figura del Mesías.
Pues bien, si de un lado la inclusión de gentiles en la
sinagoga pudo despertar las iras de las autoridades Judías, de otro, el
movimiento tuvo que suscitar la atención e las autoridades romanas. Estas,
indiferentes por principio a los asuntos internos del Judaísmo(cf. Hech. 18:14-15) tuvieron que alarmarse
ante unas actividades de súbditos comunes
que entraban de lleno en la Lex de
Collegiis. Si esto es correcto, resulta imposible que el rígido Santiago y
sus seguidores aceptaran la profanación del espacio judío que suponía la
integración de gentiles en las sinagogas. Quizás sea esta la razón de fondo por
la que la comunidad joánica, sucesora de los helenistas, habría poblado su
texto de elementos hostiles a la comunidad de Jerusalem. Así, la alusión de Jn. 7:1-15, a la increencia de los
hermanos de Jesús es, posiblemente, una sutil alusión de corte polémico con la
que el autor manifiesta su distanciamiento respecto a la comunidad
judeo-cristiana de Jerusalem.
Sin negar la originalidad y la importancia del cristianismo
de Pablo de Tarso, hay que contextualizar teológica y socialmente los orígenes
de su doctrina. En efecto, Pablo no fue un perseguidor contra la Iglesia en
general, tal como se presenta en sus cartas (Gál. 1:23-24), sino que orientó su celo inquisitorial contra un
grupo más específico, los judíos de lengua griega que habían incurrido en
blasfemia al proclamar la divinidad de Cristo y, seguramente, reo de acoger
gentiles en sus sinagogas. Lo mismo que hará él mismo quince o veinte años
después.
Si algunos de los perseguidos helenistas marcharon hacia
Siria o Chipre, otros hallaron refugio en Samaria. La predicación del diácono
Felipe sería el recuerdo legendario de aquel acontecimiento. Y allí, aislados
de las corrientes cristianas mejor conocidas, pasaron varias décadas madurando
en soledad su proyecto teológico inicial, el cual cristalizó, con el tiempo, en
la forja del núcleo narrativo del Evangelio
de Juan, texto que presenta multitud de referencias a su traumática salida
de Jerusalem, la cuales se proyectan en el texto a través de la propia
peripecia de Jesús(Jn. 5:18; 7:1;
7:13; 7:25-26; 8:37).
Semejante insistencia en el tema de la amenaza que se cierne
sobre Jesús, solo puede ser reflejo de una intensa experiencia de persecución y
peligro(Jn. 11:53-54; 12:36-37).
Obsérvese que, lejos de expresar el conflicto entre Cristianos y Judíos que se
manifiesta en la supuesta excomunión de Jamnia, la polémica que aquí se expresa
tiene un origen mucho más antiguo y se relaciona con el conflicto inicial entre
el Judaísmo y los Cristianos helenistas de la primera hora(Jn. 16:2; 9:22; 12:42-43).
Así pues, aislados durante décadas en la solitaria Samaria,
los discípulos de estos helenistas dejaron de constituir la vanguardia
teológica del Cristianismo. La reflexión paulina y la práctica de las diversas
comunidades Cristianas de origen gentil que surgían por el Mediterráneo
oriental pronto superaron sus esquemas cristológicos y, cuando salieron de su
aislamiento, muchos de sus planteamientos ya estaban anticuados, lo cual
preservó su identidad hasta bien entrado el siglo II. Gracias a ello tenemos
sus expresiones literarias, el Evangelio
de Juan y el Apocalipsis con la
imperecedera creación de la Jerusalem celeste (21:9-27); en el Evangelio de Juan con la forja de la
narración litúrgico-sacerdotal.
Por otra parte, se hace preciso señalar que esta comunidad
samaritana no estaría compuesta tan solo de los Judíos helenistas procedentes
de Jerusalem, de ella también formarían parte antiguos discípulos de Juan el
Bautista y los correspondientes conversos del propio ámbito samaritano. Estos
agregados dieron como resultado, de alguna manera, una nueva rejudaización del
grupo. Ello se hace evidente en la particular consideración de la misión
mesiánica de Jesús a la luz de la figura de Moisés. Levieils (2001, p. 55)
dice:
“Juan con la teología
Samaritana muestra que los Samaritanos que se convirtieron al Cristianismo
integraron el movimiento joánico y que el desarrollo doctrinal de este
movimiento tomó en consideración lo específico de las expectativas espirituales
samaritanas, en particular en lo que se refiere a la esperanza mesiánica
articulada alrededor de la figura de Moisés”.
Queda así razonablemente bien contextualizado en términos
históricos el origen de la primera comunidad joánica, así como algunas de las
particularidades de su texto. Más aún, este origen específico es el que explica
el paisaje en el que cuarto evangelio ubica la predicación de Jesús. En efecto,
salvo el discurso del “pan de vida”, que se sitúa en la sinagoga de Cafanaún,
la totalidad de la predicación de Jesús se desarrolla en Jerusalem,
preferentemente en el Templo, espacio del que él se apropia mediante un acto
inaugural de purificación ética.
-----------------------
1.
Bowman (1947-48, pp. 151-153; 1958, pp. 298-308;
(1976); Freed (1970, pp. 241-256). La hipótesis, en general, ha tenido escaso
eco entre los estudiosos del evangelio y, así, es despachada como una propuesta
marginal que no se toma demasiado en serio. Los estudiosos que más crédito han
prestado a la hipótesis de Bowman apenas le dedican unas breves páginas. Así,
Cullmann (1976, pp. 59-61), quien ya conectó en una secuencia triangular al
judaísmo heterodoxo –incluidos los Samaritanos-, el discurso de Esteban y el Evangelio de Juan. En contra de tal
postura, el extenso trabajo de Purvis (1975, pp. 161-198); y de la misma manera
Levieils (2001, pp. 56-57).
2.
Un examen de la cuestión, en Heinlein (1907).
Con todo, la opinión habitual es ubicar Ainón en el valle del Jordán, al sur de
la moderna Bet Shean (antigua Escitópolis), entre Galilea y Samaria.
3.
Lucas no
parece saber nada de ninguna predicación de Jesús entre los samaritanos. Sin
embargo, años después, su autor ya da cuenta de la extensión del evangelio por
Samaria.
4.
Para un estudio detallado del componente
helénico en el Judaísmo palestiniense ver Hengel Martin (1974).
5.
La denominación de “los siete diáconos” es
tradicional, pero hay que señalar que el texto lucano jamás los llama
“diáconos”. Se trata de un recurso de la tradición eclesiástica para marcar su
subordinación frente el grupo de “los Doce”.
6.
El cuarto Evangelio solo conoce siete
discípulos, número que coincide con el de los siete diáconos. Por otra parte,
el Evangelio de Lucas nombra a
ciertas discípulas de Jesús de las que nada saben los demás evangelios: “María,
llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de
Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servía con sus
bienes”(Luc. 8:2-3). Sólo menciona
tres. Sin embargo, sí resulta interesante observar el empleo del verbo “διακονέω”(cf.
διάκονος/diaconos)aplicado a su función. Años antes, a finales de los 50, Pablo
menciona la existencia de diaconisas (Rom.
16:1-2). Las que, a comienzos del siglo II, halló Plinio el Joven en
Bitinia parecen ajustarse más a la condición ancilar: Quo magis nescessarium credidi ex duabus ancillis, quae ministrae
dicebantur, quid esset veri, et per tormenta quaerere”. (Ep. X 96.8).
7.
Dormeyer y Galindo (2007, p. 160) consideran que
el número de “siete” se corresponde con el grupo administrativo de una
comunidad y una sinagoga judías; y para ello recurren a Josefo: “Estarán al
frente [άρχέτωσαν]de cada ciudad, siete hombres que hayan practicado antes no
solo la virtud, sino también la lucha por la justicia. Y a cada autoridad [άρχή]le
serán dados dos auxiliares de la tribu de los levitas”(AJ IV 214).
8.
Simon (1977, p. 22).
9.
Recordemos cómo el relato lucano presenta a los
Doce orando en el Templo (Hech. 2:46;
3:1). Por no hablar de la tradición judeo-cristiana transmitida por Hegesipo
(ca. 160) que daba cuenta de la singular devoción de Santiago, el hermano del
Señor: “Solo a él le estaba permitido entrar en el Santuario, pues no vestía de
lana, sino de lino. Y solo él penetraba en el Templo y allí se le encontraba
arrodillado y pidiendo perdón por su pueblo, tanto que sus rodillas se
encallecieron como las de un camello”(apud.
Eus. HE II 23.6).
10.
Esta visión se manifiesta en el Evangelio de Juan en la profecía de
Jesús a la Samaritana(Jn. 4:20-23).
11.
Hech. 7:44-49.
12.
Es interesante que este interés de Esteban por
la “Tienda del Testimonio” tenga su propia correspondencia en Juan 1:14: “La palabra puso su Morada [έσκηνώσεν
“acampó”] entre nosotros”. Si bien, la redacción del prólogo joánico
corresponde al autor de los discursos, resulta evidente que está manejando
materiales textuales muy anteriores.
13.
Amos 9:11-12;
cf. Hech. 15:16-18.
14.
El Templo en el que se mueve Jesús en el Evangelio de Juan no es tanto un espacio
físico cuanto un elemento simbólico que da cuenta de las formulaciones
teológicas de su comunidad. Pablo parece manifestar ideas que, aunque basadas
en los mismos principios, ya están más desarrolladas teológicamente: “Porque
sabemos que si esta tienda, que es nuestra morada terrestre, se desmorona,
tenemos un edificio que es de Dios: una morada eterna, no hecha por mano
humana, que está en los cielos”.(II Cor. 5:1).
15.
Hech.
7:56
16.
Pocos años después, el redactor lucano del
apéndice de Marcos (16:9-20) ya es
capaz de cerrar el evangelio con la siguiente frase: “Con esto, el Señor Jesús,
después de hablarles, fue elevado al cielo y sentó a la diestra de Dios”(Marc. 9:20). Asimismo, Mat. 19:28; 23:22; 25:31; Luc. 1:32. Esta imagen está por completo
ausente en Juan. Su concepción de
Cristo como logos preexistente le
ahorra la descripción del proceso del acceso de Cristo a la Gloria. En
cualquier caso, la imagen del trono hunde sus raíces en la apocalíptica del
siglo II a.C. (cf. Dan. 7:9), que, a
su vez, remiten a las visiones del Libro
de Ezequiel (1:15-21 y 26). Ahora bien, en Daniel el trono es ocupado por Dios; y, en cambio aquí, ya junto a
él, aparece el Mesías elevado a una categoría divinal que presagia las futuras
fórmulas trinitarias (ver Hans Küng, 1977, p. 131). En contraste, es de suponer
que las posiciones teológicas que en esos momentos mantenía la primitiva
comunidad de Jerusalem, presidida por los Doce, no habían llegado tan lejos: el
Resucitado con una función eminentemente escatológica dentro del marco
tradicional que les suministraban las diversas profecías mesiánicas
interpretadas a la luz de exégesis más tradicionales. Ver Robinson (1962, pp.
139-153) traza una nítida distinción entre las dos cristologías que se
manifiestan en los capítulos iniciales de Hechos:
3:19-26 manifiesta una cristología más primitiva: Jesús, resucitado o
ascendido, está predestinado a manifestarse como el Cristo solo en la parousia. En cambio, en Hech. 2:36, Jesús ya ha sido designado Kyrios y Christos en su exaltación. O de otra manera, esta Cristología
helenista se halla en el fondo de la gran cristología paulina. Cristo posee una
estatura divina que rompe los moldes étnicos en los que permanecía el Mesías
tradicional(cf. Phil 2:5-8; Gál. 3:27-28).
17.
Es verosímil que entre ellos se hallara Bernabé,
judío chipriota convertido a la fe antes que Pablo, y luego compañero de este
en sus primeros viajes misionales (Hech. 13-14).
De hacer caso al relato de Hechos,
Bernabé también predicó a los gentiles.
18.
Un ejemplo claro de esto es el que suministra el
caso de Nicolás “prosélito de Antioquia”(Hech.
6:5).
lunes, 9 de mayo de 2016
EL EVANGELIO DE JUAN Y EL TEMPLO
Dejando a un lado los episodios constituidos por material
arcaico heredado (vocación de los discípulos, la novela de Juan el Bautista, la
multiplicación de los panes), el grueso de la actividad que Jesús desarrolla en
el cuarto evangelio es obra de este autor, y nos habla de un Jesús que acude
sin cesar al Templo, en donde predica, mantiene discusiones con los judíos y
obra sus milagros. Todo lo dicho apunta, por tanto, a que este es un judío que
vive en una tradición que lo vincula a la ciudad de Jerusalem y, en particular,
al Templo(1). Es por esta razón por la que no ha
roto sus vínculos con su religión, el culto y sus leyendas (Jn. 5:2-4)(2).
La destrucción del Templo en el año 70 debió de constituir
un acontecimiento fundamental para los primeros Cristianos. Suceso
extraordinario que no podía estar desligado del acontecimiento de la
resurrección de Jesús, ocurrida unos treinta y cinco años antes. Si dios había
permitido que los romanos destruyeran el Templo, ello solo se podía deber a que
este ya había cesado en su función como mecanismo de regulación sacrificial del
cosmos. La cruz y la resurrección habían cerrado su ciclo. Tal planteamiento,
en el fondo, ya había sido formulado por Pablo en los años 50, aunque no de
forma totalmente explícita. Interpretada en términos sacrificiales, la muerte
de Jesús era un acontecimiento de orden cósmico e, implícitamente, dejaba sin
función al Templo. De ahí que el apocalíptico Mesías galileo pudiera ser
reinterpretado en algunos ámbitos desde esta perspectiva litúrgica, asumiendo
tres roles de carácter sacrificial:
a.
La víctima del sacrificio (Jn. 11:49-50). Jesús va a morir por el pueblo como víctima
propiciatoria, como sacrificio definitivo por los pecados del pueblo. Este es
el Cristo que conformó la comunidad joánica(3),
o el que se manifiesta en el anónimo autor de la Carta a los Hebreos 7:26-27.
b.
También existía otra posibilidad simbólica.
Cristo también fue asimilado con la figura del sacerdote. La teología de la Carta a los Hebreos desarrolla con
amplitud y belleza en el Nuevo Testamento
la idea de Cristo sacerdotal, tan judía y simultáneamente tan ajena al
Jesús histórico. No hay en Juan rastro de esta cristología sacerdotal. Con la
identificación con el cordero sacrificial, ausente en los sinópticos, quedaba
cerrado el camino a la interpretación simbólica de Cristo como sacerdote.
c.
La cadena culmina con la identificación de
Cristo con el propio Templo: “Pero él hablaba del santuario de su propio
cuerpo”(Jn. 2:22), Imagen que se
desarrollo en parecidos términos en la Carta
a los Hebreos (Heb. 10:19-22).
Otro elemento significativo del Evangelio de Juan es la práctica ausencia en su texto de “los
Doce”, que no son sino una instancia ficcional en la que se materializa la
comunidad de Jerusalem, no el cuerpo de los legendarios “Doce discípulos” de
Jesús. Los Doce apóstoles son válidos como grupo, pero no como individuos. No
conocemos ni el nombre ni la identidad completa de los doce, ya que las listas
no coinciden. No es verosímil que exista una contiguidad histórica entre el
grupo de discípulos galileos de
Jesús y el cuerpo dirigente de “los Doce” que gobiernan la iglesia de Jerusalem
en los años 30 y 40. Es de suponer que la entrada de Jesús en Jerusalem no
acabara tan solo con su vida. Seguramente, también habrían sido ajusticiados
algunos de sus seguidores como evidencia la triple crucifixión de la tradición.
Y más aún, tampoco es creíble que todos los discípulos galileos en bloque
hubieran aceptado la resurrección de Jesús y hubieran acabado instalándose en
Jerusalem para dirigir la incipiente comunidad Cristiana. Es posible que lo que
ocurrió fue que algunos de los discípulos galileos supervivientes, comandados
por Pedro, el iniciador de las visiones, habrían aceptado su relato y acudido a
Jerusalem. Ello habrían sido los dirigentes de una pequeña comunidad
apocalíptica que esperaba el cumplimiento de las profecías de Daniel 7:9. En cualquier caso, y en
contraste con la permanente intimidad que Jesús mantiene en los sinópticos con
el grupo de los discípulos, estos en Juan
tan apenas son una sombra. Jesús se mueve a solas, y sus discípulos
aparecen y desaparecen del relato (Jn. 2:11-14).
Esto sugiere que el Jesús del relato evangélico joánico se movía solo por
Jerusalem y las escasas apariciones de sus discípulos son resultado de la
intervención de instancias redaccionales posteriores(Jn. 6:67-70).
De hecho, la comunidad joánica solo parece haber conocido
siete discípulos, número que se puede reconstruir a partir de la comparación de
los dos listados parciales que suministran los relatos de “la vocación de los
discípulos” y el de “la aparición en el lago de Tiberiades”:
Vocación (Jn. 1:35-51)
1.
Discípulo sin nombre, Zebedeo 1?
2.
Discípulo sin nombre, Zebedoe 2?
3.
Andrés
4.
Pedro
5.
Felipe
6.
Natanael
Tibaríades (Jn.
21:1-14)
1.
Discípulo sin nombre: Andrés?
2.
Discípulo sin nombre: Felipe?
3.
Zebedeo 1
4.
Zebedeo 2
5.
Pedro
6.
Natanael
7.
Tomás
Resulta evidente que el texto es producto de una comunidad
que se halla por completo al margen de la polémica fe/obras que enfrentará a la
comunidad judeo-cristiana con las iglesias paulinas del ámbito helénico. En
cambio, sí resultan manifiestos los conflictos que la comunidad debió de
mantener con otros de sus hermanos de fe(Jn.
7:1-5).
La mención de la increencia de los hermanos de Jesús va más
allá de un mero apunte histórico. Se trata, sin duda, de una sutil alusión de
corte polémico con la que el autor manifestaba su distanciamiento respecto a la
comunidad judeo-cristiana, presidida por Santiago “el hermano del Señor”.
De la misma manera, el evangelista también tuvo su polémica
con los discípulos del propio Juan Bautista. Aunque el conjunto de material
heredado le obligaba a dar cuenta de la “novela de Juan”, la insistencia del
autor en la no mesianidad del profeta revela una indiscutible memoria de
enfrentamientos entre los discípulos de Jesús y los del Bautista(Jn. 1:19-21)
------------------------
1.
Barrett(2003), “los materiales de procedencia
palestinense están subordinados a las exigencias de un socio dominante no
judío”. Quizá se trata más bien de un socio genéricamente judío que se mueve en
un horizonte mental distinto, ya que el “Templo” de Juan es solo una imagen ideal.
2.
Como señala Barrett (2003, p. 382), todo este
pasaje de Juan 5:1-18 está ausente de
algunos de los testimonios más antiguos de la tradición textual: así e, P66,
P75, y los códices א, B, W, 33 y también las versiones cur sah.
3.
La figura se ajusta a la imagen del siervo
doliente acuñada por Isaías 53:7. Quizá es la referencia del profeta la que
posiblemente da lugar al episodio de la lanzada en Juan 19:34, detalle desconocido por el resto de los evangelios.
lunes, 2 de mayo de 2016
EVANGELIO DE JUAN: LA PAROUSIA
RASGOS MÁS ANTIGUOS DEL JESÚS
HISTÓRICO
El autor del evangelio de Juan tenía a su disposición
bastante materiales previos, tanto los de su propia comunidad, como también los
comunes con los sinópticos, y con ellos creó su propio relato.
Las sucesivas modificaciones que recibió el texto a lo largo
del tiempo han hurtado lo que serían muchas de sus características distintivas.
En particular, en lo que hace a sus contenidos doctrinales, que yacen hoy bajo
una plétora de materiales teológicos mucho más avanzados. Aún así, la labor de
las intervenciones posteriores no logró eliminar del todo algunos de los rasgos
más arcaicos de la obra(Jn. 1:49-51).
El fragmento precedente pertenece al ciclo de la “vocación
de los discípulos”, bien conocido por sus paralelos sinópticos (Marc. 1:16-20);
Mat. 4:18-22; Luc. 5:1-11). Sin embargo, narra un diálogo con un personaje
desconocido por aquellos, Natanael(1). Lo
arcaico de la narración se aprecia en la fraseología “Rey de Israel”, “te vi
debajo de la higuera”(cf. Os. 9:10) o por la imaginería mesiánica “veréis el
cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del
hombre”(cf. Gén. 28:10-17), detalles ajenos al tono general del resto del texto
joánico. De hecho, no es
inverosímil que el fondo de estas palabras conecte con la propia percepción –y,
por tanto, con la predicación- del Jesús histórico como Mesías. El indiscutible
fracaso político de Jesús como Mesías Rey
de Israel arrinconó bien pronto esta dimensión de su predicación histórica.
Su entrada en Jerusalem a lomos de un asno(Jn. 12:14; Marc. 11:7) para cumplir
las profecías con las que se autoidentificaría como Mesías regio es la prueba más
evidente de unas intenciones que los romanos y las autoridades judías supieron
interpretar, con las consecuencias que todos conocemos. Sin embargo, sus
discípulos, ante el indiscutible fiasco, reformularon sucesivamente el
significado del mesianismo de Jesús, de forma que su reino dejó de ser “de este
mundo”(Jn. 18:36)(2). A este respecto, compárese
la declaración de Natanael con la que hace Pedro en las versiones
teológicamente más desarrolladas de los sinópticos(Mat. 16:15-16). De igual
manera, presentan el mismo regusto primitivo y mesiánico algunas de las
palabras de Jesús(Jn. 4:35).
Obsérvese que este último fragmento pertenece al relato de
la samaritana, que se corresponde con las fases más antiguas del evangelio.
Igualmente, algunos de los relatos de sus milagros parecen retrotraerse al
fondo más antiguo de la tradición Cristiana, e incluso a la propia actividad
curativa del Jesús-histórico(Jn. 9:6-7). Este Jesús, que practica sus artes de
curandero, es todavía conocido por el más antiguo de los sinópticos(cf. Mat.
8:23), aunque pronto fue orillado por el taumaturgo espiritual que describen Mateo o Lucas, quienes ya no dan cuenta de estas prácticas.
Otro de los temas recurrentes en el autor es el de las
continuas discusiones sobre el origen del Mesías y la identificación de este
con Jesús (Jn. 1:45-46). Semejante insistencia en el debate acerca del origen y
la misión del Mesías solo puede ser indicio de una primitiva tradición
vinculada directamente con los propios orígenes de la secta, cuando era
imprescindible una denodada labor apologética que demostrara la mesianidad de
Jesús. La crudeza de las observaciones vertidas por los detractores de Jesús es
indicio de lo que debieron de ser los muy agrios debates sobre la cuestión.
LA PAROUSIA
Una vez desechada la posibilidad de que la consumación de
los tiempos(Mat. 28:20) y la victoria definitiva de Dios sobre sus enemigos
coincidieran con la acción de Jesús, sus primeros seguidores tuvieron que
reformular la idea –al fin y al cabo, había sido uno de los elementos centrales
de su predicación- y pospusieron tal acontecimiento, que coincidiría con el
regreso de Jesús, la parousia. Primero,
para un futuro inmediato, como sugieren las ideas de Pablo (I Cor. 4:4-5) o de Mateo (16:27-28). Luego, para un futuro menos concreto que fue
haciéndose más y más difuso, conforme la obstinada realidad insistía año tras
año en hurtar a los creyentes el triunfal regreso(I Tes. 5:1-5).
Esta doctrina –tan importante en el primer Cristianismo- se
hallaba ausente, o al menos no estaba explicitada en el Evangelio de Juan, por lo menos en su estado actual. Sin embargo,
es muy probable que sí se hallara en esta primera versión del texto. A este
respecto, todavía subsiste en él algún resto de lo que debieron de ser los
contenidos escatológicos del primer Evangelio
de Juan(Jn. 5:25-29). Este pasaje joánico, aunque refleja con claridad la
idea de la futura resurrección de los muertos, no explicita que esta haya de
acontecer como consecuencia de la parousia de Cristo. Y ello se debe, sin
duda, a la intervención de una instancia redaccional posterior, la cual había eliminado
el concepto mesiánico de “lo que ha de venir” y lo había sustituido por una escatología
“de lo ya cumplido”. Es indiscutible que la primera redacción del Evangelio de Juan contó con su propia
versión de la doctrina de la parousia. Sin
embargo, de ella quedan muy escasos restos, en la medida en que esta era una
doctrina que los últimos redactores consideraron anticuada.
------------------------
1.
El nombre de este Discípulo es por completo
desconocido por los listados que ofrecen los sinópticos. Las visiones
concordistas de corte tradicional (ver J. F. Driscoll, 1911) solucionan el
problema identificándolo con el silencioso Bartolomé de los sinópticos(Marc
3:18; Mat. 10:3; Luc. 6:14).
2.
Bultmann contempla a Jesús en su ámbito natural,
el Judaísmo. O de otra manera, el Jesús histórico es una premisa del
Cristianismo, pero no un cristiano todavía. Así, el gran cambio lo atribuía a
la fe de la comunidad postpascual que proyectó en la figura del Cristo de la fe
el conjunto de sus aspiraciones y sus planteamientos doctrinales. En cambio,
para Bornkamm (1956); Conzelmann(1954) o Käsemann(1954, pp. 121-153), el cambio
histórico acontece ya en la propia predicación de Jesús: no se trataba de
“descubrir” los rastros del Jesús histórico a través del Cristo de la fe de los
evangelios, sino poner de relieve la unidad del Cristo del kérygma y el Jesús realmente existido. Y en línea muy similar, J.
Ratzinger(2007).
jueves, 28 de abril de 2016
EVANGELIO DE JUAN: CALENDARIO LITÚRGICO
EVANGELIO DE JUAN: CALENDARIO
LITÚRGICO
El núcleo textual de la primera gran sección del cuarto
evangelio está compuesto por un heterogéneo conjunto de episodios que
pertenecen a cronologías diferentes. Esta sería la sección que, en pos del
modelo marcano, habría sido creada por el primer autor que emprendió la tarea
de redactar una “biografía” de Jesús, dando lugar así al núcleo narrativo del
cuarto evangelio. La primera redacción de la sección biográfica de Juan es posterior a Marcos, por lo que su composición habría de ser situada a fines de
los años 70 como fecha más temprana(1).
Esta primera labor redaccional sería obra del primer –y
auténtico- evangelista joánico: el autor que creó la narración del calendario
litúrgico. De su mano, los materiales de su tradición adquirieron no solo una
indiscutible eficacia teológica, sino también una contextura histórica muy
aceptable al quedar conectados a un espacio (Galilea, Samaria, Judea,
Jerusalem, el Templo) y a un tiempo marcado por la sacralidad de las festividades
Judías. Y lo que es más, su narración constituye el más dramático de los
relatos de Jesús: sus sucesivas visitas a Jerusalem van a ir creando una densa
atmósfera de oscuras premoniciones que culminarán en la última Pascua.
A parte de los sucesivos hitos temporales que jalonan la
misión de Jesús, la más evidente de la intervenciones del primer evangelista
joánico es el desplazamiento del episodio de la expulsión de los mercaderes del
Templo al comienzo de la primera sección. Ubicado, con toda lógica, por los
sinópticos en vísperas de la muerte de Jesús (Mc. 11:15-16), el episodio fue transferido por el autor al inicio
de la predicación Jesús en el Templo. El relato daba cuenta en términos
simbólicos de su misión a través de la purificación del espacio sagrado con que
inaugura su estancia en Jerusalem.
En el desplazamiento el evangelista establecía una clara
frontera entre el auténtico comienzo de su relato (la aparición de Jesús en el
Templo) y la “prehistoria galilea” del Maestro. Dejando a un lado el prólogo o
el milagro de las bodas de Caná que pertenecen a estadios compositivos
posteriores, el núcleo narrativo previo a la primera Pascua(el testimonio de
Juan el Bautista, llamamiento de los primeros discípulos)corresponde al grupo
de tradiciones heredadas, al viejo relato fundacional ya presente en el texto
de Marcos. Nuestro evangelista
decidió marginarlo de su discurso: la gran misión de Jesús no se iba a
desarrollar en los caminos polvorientos, en las sinagogas pueblerinas de
Galilea, sino en el impresionante y sagrado escenario de la ciudad santa. De la
misma manera, los episodios galileos que aparecen en los sinópticos -la multiplicación de los panes y los
peces (Jn. 6:1-13; Mc. 6:32-44), Jesús camina sobre las
aguas (Jn. 6:16-21; Mc. 6:45-52))- son situados en un difuso
tiempo, unos días antes de la Pascua (Jn.
6:4). La idea apunta a que el primer Evangelio
de Juan fue compuesto deliberadamente como una alternativa narrativa y
doctrinalmente diferenciada del modelo marcano. La triple Pascua que vive Jesús
en el Evangelio de Juan no es sino un
artificio literario que le permite al evangelista distribuir el tiempo en dos
períodos bien marcados: el tiempo prepascual de la vieja narración sinóptica y
un tiempo pascual, solo conocido por él, en el que se manifiesta la dóxa de forma más evidente. El recurso
le servía de marco literario para ir graduando a lo largo del tiempo la
progresiva inquina de los judíos contra Jesús.
------------------------
1.
Barrett(2003, p. 195), es un hecho que el autor
del cuarto Evangelio conoce a Marcos.
Es como si Juan hubiera sido
construido como alternativa a Marcos.
martes, 26 de abril de 2016
EL DISCIPULO AMADO: CREANDO UNA IDENTIDAD
El discípulo amado solo parece en la segunda sección del evangelio, o sea, la constituida por materiales anteriores a la propia configuración del texto como tal evangelio. En su proceso de autoidentificación, esta comunidad habría enriquecido el texto de la pasión y la resurrección heredó de la tradición común mediante la inclusión de un personaje desconocido por los sinópticos, el "discípulo amado". No todavía como autor del texto, sino como figura legendaria de su comunidad, su fundador casi con seguridad. La tradición posterior lo identificó con la figura del apóstol Juan, debido a que su nombre jamás aparece citado en el texto; y es de suponer que le grupo atribuiría su fundación a un personaje de prestigio de la primitiva Iglesia (cf. Gál. 2:9; Hech. 4; 8:14). Ahora bien, aceptar que no es inverosímil que la comunidad que hay detrás del cuarto evangelio asumiera en su memoria una hipotética leyenda que vinculara sus orígenes a un ignoto discípulo del Señor, no implica, en absoluto, asumir que, efectivamente, sea este personaje el autor del texto. En cualquier caso, es evidente que, fuera quien fuera, este era considerado, muy posiblemente, el fundador de la comunidad(1).
Esta es la prueba más evidente de que el "discípulo amado" era el legendario fundador del grupo joánico: es él y no Pedro quien reconoce al resucitado(2). Está claro que la singularización de la aparición del resucitado es un claro indicio del prestigio y la posición de preeminencia que poseen los miembros de la primera comunidad cristiana (I Cor. 15:3-8)(3). Este es un recurso ficcional(4) creado para dar cuenta, en última instancia de la propia singularidad, de la identidad, de una comunidad que se sintió "amada" por Cristo y, por tanto, depositaria de sus bendiciones y su honda predicación, desconocida por el resto de los cristianos. Su particular vínculo con Jesús era símbolo de la preeminencia que se atribuía la propia comunidad. Así se refleja en el simbólico episodio de la "última cena".
Obsérvese cómo su cercanía a Jesús se presenta de forma que es este el que hace de portavoz del Maestro ante el mismo Pedro. En efecto, resulta muy significativo que este segundo discípulo casi siempre aparezca junto a Pedro, el discípulo por excelencia de la tradición sinóptica:
Jn. 13:23-26: El discípulo hace de portavoz de Jesús ante Pedro en la cena.
Jn. 18:2516: Pedro yel discípulo van a casa del Sumo Sacerdote; entra el discípulo.
Jn. 20:3-10: Pedro y el discípulo corren al sepulcro: el discípulo se adelanta.
Jn. 21:4-7: El discípulo, y no Pedro, reconoce a Jesús resucitado.
Jn. 21:23-24: Jesús realiza profecías sobre el fin del discípulo y de Pedro.
Esta vinculación del "discípulo amado" a la figura de Pedro presupone, de un lado, la existencia previa de un acervo de leyendas petrinas que el autor del evangelio no podía obviar; pero, sobre todo, la existencia de una comunidad que, aun respetando en lo substancial el caudal de tradiciones recibidas, se atribuyó a sí misma una singularidad específica de la que es expresión la forja del personaje. Frente a comunidades de tradición petrina, ellos eran la "otra iglesia" de Jesús. Sin embargo, no es esta la única función que posee el personaje en el relato. Su presencia también llega a justificar la aparición en el texto joánico de episodios no conocidos por sus destinatarios(Jn. 19:33-35).
Semejante observación apunta a que el fragmento corresponde a un estadio posterior de la composición del texto. Sus destinatarios, familiarizados acaso con el material sinóptico, nada saben del episodio de la lanzada y algún redactor posterior -obsérvese que aquí ya no aparece asociado Pedro- decide utilizar al viejo personaje comunitario como testigo ocular autorizado para autentificar el relato. De ahí solo hay un paso para atribuirle la autoría del propio texto, cosa que realizó uno de los últimos escribas que intervinieron en la composición de la obra, quien, por supuesto, escribía en un momento en el que daba por ocurrida su muerte(Jn. 21:23-24).
El artificio solo cobra sentido en un ámbito que ha superado en buena medida la oralidad. O de otra manera, la atribución del texto a un personaje concreto del entorno de Jesús habla de una composición en fecha tardía, al menos posterior a Marcos y Mateo, obras en las que aún se percibe la necesidad de un testigo, al estilo de Lucas (1:2), que certifique en términos probatorios la verdad del evangelio. Así, esta figura fue utilizada por dos redactores distintos: por su creador, un miembro de la comunidad joánica, y por el interpolado lugano:
a. El primitivo redactor joánico:
Jn. 13:23-26: El discípulo hace de portavoz de Jesús ante Pedo en la cena.
Jn. 18:15-16: Pedro y el discípulo van a casa del Sumo Sacerdote: entra el discípulo.
Jn. 21:4-7: El discípulo, y no Pedro, reconoce a Jesús resucitado.
Jn. 21:23-24: Jesús realiza profecías sobre el fin del discípulo y de Pedro.
b. El interpolados lucano:
Jn. 19:25-27: El discípulo y la madre de Jesús al pie de la cruz.
Jn. 20:3-10: Pedro y el discípulo corren al sepulcro.
Dejando a un lado las menciones tardías al "discípulo amado" resulta evidente que su figura es resultado de una intervención muy temprana sobre los relatos heredados, los más antiguos del cristianismo. Una comunidad de Cristianos sintió la necesidad de diferenciarse e incluso proclamar su superioridad respecto a otros cristianos a los que Jesús "quería menos". Y para ello no hallaron otro expediente que intervenir en el único texto que tenían a disposición, el de la Pasión, creando una figura que diera cuenta de tal singularidad. Esta idea presupone que en el momento en el que se forja la figura del "discípulo amado" esta comunidad se hallaba próxima a algún otro grupo cristiano del que necesitaba diferenciarse.
Hay que recalcar que este primer relato de la pasión no era todavía un auténtico evangelio. Habría que esperar a una fase posterior para que esta comunidad diera cuenta en un relato evangélico de su experiencia de fe y su memoria de Jesús.
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1. Jn. 21:4-7.
2. La única alusión directa de los textos canónicos a una aparición específica a Pedro se halla en I Cor. 15:5, aunque Lucas incurre en la incoherencia de mencionar una aparición a Pedro que no ha relatado. "Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Luc. 24:34). Sin embargo, se trata de una tradición que es muy antigua, como demuestra el que Mat. 14:29-31 singularice su presencia en una de las apariciones del ciclo galileo. En los Sinópticos éstas están integradas en la sección biográfica, frente a Juan, que las ubica en su lugar originario, lo mismo que el Evangelio de Pedro (frag. gr. de Akhmim 14:3).
3. Pablo (I Cor. 15:5) conoce la aparición a Santiago. Según Jerónimo, era descrita con detalle por el Evangelio de los Hebreos, texto en el que Pedro aparece entre los demás discípulos asumiendo el papel del incrédulo al que se le invita a tocar el cuerpo de Jesús: "Cuando se dirigió a Pedro y a los que con él estaban, les dijo: Palpad y ved que no soy un fantasma sin cuerpo". (Hier. Ver. Ilustr. 16).
4. Bultmann (1971, p. 521), la figura del "discípulo amado" posee un carácter simbólico, en la medida en que representa al cristianismo gentil, interpretación basada en la escena del discípulo y la madre de Jesús al pie de la cruz(Jn. 19:25-27), en la que la madre representaría al cristianismo judío y el discípulo al cristianismo gentil. De hecho, la imagen sería paralela a la del "tronco injerto" que usa Pablo (Rom. 11:16) para representar ambos grupos. Es una interpretación brillante aunque parece poco acertada dado que, precisamente, esta escena correspondería, no a este estrato redaccional, sino al del interpolados lugano. Por otra parte, Sanders (1957, pp. 72-82) lo identifica con Lázaro. Otros, como Barrett (2003, p. 179) o Schnackenburg (1980, pp. 145-149)... etc.
Esta es la prueba más evidente de que el "discípulo amado" era el legendario fundador del grupo joánico: es él y no Pedro quien reconoce al resucitado(2). Está claro que la singularización de la aparición del resucitado es un claro indicio del prestigio y la posición de preeminencia que poseen los miembros de la primera comunidad cristiana (I Cor. 15:3-8)(3). Este es un recurso ficcional(4) creado para dar cuenta, en última instancia de la propia singularidad, de la identidad, de una comunidad que se sintió "amada" por Cristo y, por tanto, depositaria de sus bendiciones y su honda predicación, desconocida por el resto de los cristianos. Su particular vínculo con Jesús era símbolo de la preeminencia que se atribuía la propia comunidad. Así se refleja en el simbólico episodio de la "última cena".
Obsérvese cómo su cercanía a Jesús se presenta de forma que es este el que hace de portavoz del Maestro ante el mismo Pedro. En efecto, resulta muy significativo que este segundo discípulo casi siempre aparezca junto a Pedro, el discípulo por excelencia de la tradición sinóptica:
Jn. 13:23-26: El discípulo hace de portavoz de Jesús ante Pedro en la cena.
Jn. 18:2516: Pedro yel discípulo van a casa del Sumo Sacerdote; entra el discípulo.
Jn. 20:3-10: Pedro y el discípulo corren al sepulcro: el discípulo se adelanta.
Jn. 21:4-7: El discípulo, y no Pedro, reconoce a Jesús resucitado.
Jn. 21:23-24: Jesús realiza profecías sobre el fin del discípulo y de Pedro.
Esta vinculación del "discípulo amado" a la figura de Pedro presupone, de un lado, la existencia previa de un acervo de leyendas petrinas que el autor del evangelio no podía obviar; pero, sobre todo, la existencia de una comunidad que, aun respetando en lo substancial el caudal de tradiciones recibidas, se atribuyó a sí misma una singularidad específica de la que es expresión la forja del personaje. Frente a comunidades de tradición petrina, ellos eran la "otra iglesia" de Jesús. Sin embargo, no es esta la única función que posee el personaje en el relato. Su presencia también llega a justificar la aparición en el texto joánico de episodios no conocidos por sus destinatarios(Jn. 19:33-35).
Semejante observación apunta a que el fragmento corresponde a un estadio posterior de la composición del texto. Sus destinatarios, familiarizados acaso con el material sinóptico, nada saben del episodio de la lanzada y algún redactor posterior -obsérvese que aquí ya no aparece asociado Pedro- decide utilizar al viejo personaje comunitario como testigo ocular autorizado para autentificar el relato. De ahí solo hay un paso para atribuirle la autoría del propio texto, cosa que realizó uno de los últimos escribas que intervinieron en la composición de la obra, quien, por supuesto, escribía en un momento en el que daba por ocurrida su muerte(Jn. 21:23-24).
El artificio solo cobra sentido en un ámbito que ha superado en buena medida la oralidad. O de otra manera, la atribución del texto a un personaje concreto del entorno de Jesús habla de una composición en fecha tardía, al menos posterior a Marcos y Mateo, obras en las que aún se percibe la necesidad de un testigo, al estilo de Lucas (1:2), que certifique en términos probatorios la verdad del evangelio. Así, esta figura fue utilizada por dos redactores distintos: por su creador, un miembro de la comunidad joánica, y por el interpolado lugano:
a. El primitivo redactor joánico:
Jn. 13:23-26: El discípulo hace de portavoz de Jesús ante Pedo en la cena.
Jn. 18:15-16: Pedro y el discípulo van a casa del Sumo Sacerdote: entra el discípulo.
Jn. 21:4-7: El discípulo, y no Pedro, reconoce a Jesús resucitado.
Jn. 21:23-24: Jesús realiza profecías sobre el fin del discípulo y de Pedro.
b. El interpolados lucano:
Jn. 19:25-27: El discípulo y la madre de Jesús al pie de la cruz.
Jn. 20:3-10: Pedro y el discípulo corren al sepulcro.
Dejando a un lado las menciones tardías al "discípulo amado" resulta evidente que su figura es resultado de una intervención muy temprana sobre los relatos heredados, los más antiguos del cristianismo. Una comunidad de Cristianos sintió la necesidad de diferenciarse e incluso proclamar su superioridad respecto a otros cristianos a los que Jesús "quería menos". Y para ello no hallaron otro expediente que intervenir en el único texto que tenían a disposición, el de la Pasión, creando una figura que diera cuenta de tal singularidad. Esta idea presupone que en el momento en el que se forja la figura del "discípulo amado" esta comunidad se hallaba próxima a algún otro grupo cristiano del que necesitaba diferenciarse.
Hay que recalcar que este primer relato de la pasión no era todavía un auténtico evangelio. Habría que esperar a una fase posterior para que esta comunidad diera cuenta en un relato evangélico de su experiencia de fe y su memoria de Jesús.
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1. Jn. 21:4-7.
2. La única alusión directa de los textos canónicos a una aparición específica a Pedro se halla en I Cor. 15:5, aunque Lucas incurre en la incoherencia de mencionar una aparición a Pedro que no ha relatado. "Es verdad! El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Luc. 24:34). Sin embargo, se trata de una tradición que es muy antigua, como demuestra el que Mat. 14:29-31 singularice su presencia en una de las apariciones del ciclo galileo. En los Sinópticos éstas están integradas en la sección biográfica, frente a Juan, que las ubica en su lugar originario, lo mismo que el Evangelio de Pedro (frag. gr. de Akhmim 14:3).
3. Pablo (I Cor. 15:5) conoce la aparición a Santiago. Según Jerónimo, era descrita con detalle por el Evangelio de los Hebreos, texto en el que Pedro aparece entre los demás discípulos asumiendo el papel del incrédulo al que se le invita a tocar el cuerpo de Jesús: "Cuando se dirigió a Pedro y a los que con él estaban, les dijo: Palpad y ved que no soy un fantasma sin cuerpo". (Hier. Ver. Ilustr. 16).
4. Bultmann (1971, p. 521), la figura del "discípulo amado" posee un carácter simbólico, en la medida en que representa al cristianismo gentil, interpretación basada en la escena del discípulo y la madre de Jesús al pie de la cruz(Jn. 19:25-27), en la que la madre representaría al cristianismo judío y el discípulo al cristianismo gentil. De hecho, la imagen sería paralela a la del "tronco injerto" que usa Pablo (Rom. 11:16) para representar ambos grupos. Es una interpretación brillante aunque parece poco acertada dado que, precisamente, esta escena correspondería, no a este estrato redaccional, sino al del interpolados lugano. Por otra parte, Sanders (1957, pp. 72-82) lo identifica con Lázaro. Otros, como Barrett (2003, p. 179) o Schnackenburg (1980, pp. 145-149)... etc.
lunes, 25 de abril de 2016
EL EVANGELIO DE JUAN, CONFIGURACIÓN
Obsérvese
cómo la distribución geográfica de los diversos episodios no es en absoluto
arbitraria. Esta obedece a un propósito teológico muy claro: al ubicar los
episodios galileos precisamente en un tiempo prepascual, se establece una clara
reparación de lo que es la actividad de Jesús: de un lado, una misión galilea
de carácter preparatorio y, de otro, la misión central de Jesús que se
desarrolla en Jerusalem y con arreglo al calendario festivo Judío, todo lo cual
culmina en la última Pascua.
Todo
ello yuxtapuesto mediante procedimientos redacciones sumamente esquemáticos con
el fin de proporcionarles una mínima coherencia narrativa. En contraste con la
antigüedad de los materiales comunes con los sinópticos, los discursos
presentan una elaboración teológica muy superior; y funcionan en ocasiones como
exégesis que iluminan el sentido profundo de aquellos. Ejemplo de ello es el
"discurso del pan de la vida"(Jn. 6:22-59), que comenta en términos
eucarísticos un episodio sinóptico (Mac. 6:34-44) que nada tenía de eucarístico
en su origen. Igual que el diálogo con Nicodemo (Jn. 3:1-36), que aparece
incrustado en el ciclo dedicado a Juan el Bautista para ofrecer una lectura
teológica sobre el bautismo.
Se
podría formular una hipótesis sobre el proceso de composición de cuatro fases:
1.
A semejanza de los sinópticos, la primera redacción de Juan
constaba de dos secciones: una, sobre la predicación y milagros de Jesús; y
otra, sobre la pasión y la resurrección. Este esquema básico revela que, a
pesar de las amplias diferencias entre Juan y los sinópticos, el evangelio de Juan fue construido
sobre el armazón genérico que estos le suministraban. O sea, Marcos como género
presupone a Juan desde su propio
origen. El autor de Juan
suministró un marco narrativo temporal de corte litúrgico, que por supuesto
tenía sus propias connotaciones teológicas y reflejaba la experiencia de su
comunidad. En cuanto a la segunda
sección, la diferencia fundamental entre Juan
y los sinópticos es que en
esta tiene lugar la aparición de un misterioso “discípulo amado”, que es
desconocido por el resto de la tradición evangélica. El hecho de que solo
aparezca en esta sección induce a pensar que, probablemente, su presencia se
debe a una intervención anterior a la creación de la sección biográfica. Se
como sea, este proceso hubo de producirse necesariamente en el seno de la
propia comunidad joánica.
2.
Posteriormente, el texto fue enriquecido sucesivamente con
interpolaciones narrativas de diversa índole. En particular, materiales de
origen específicamente lucano, cuya incorporación al texto evidencia que fueron
añadidos en un contexto muy diferente al originario. Bastaría con señalar lo
mal que cuadra la perspectiva universalista lucana(1)
con lo que tenía que ser la más restrictiva de quien organizó la vida de Jesús
en torno al calendario festivo judío, como revela el hecho de que nuestro
evangelio carece de la más mínima
indicación de la presencia de gentiles en su comunidad.
3.
A pesar de que por sus contenidos difería grandemente de
los sinópticos, el texto ya tenía un aspecto que lo asemejaba al resto de lo
sevangelios; y solo en ese momento recibió su configuración de definitiva, ya
que fue completado con una colección de discursos que se apartan grandemente
del estilo sentencioso y vivaz de lo sinópticos. Estos discursos están
sembrados a lo largo de todo el evangelio, confiriéndole una uniformidad
estilística que induce a percibir el texto como una obra de estilo unitario.
4.
Este proceso de continua intervención sobre el texto por
parte de los sucesivos redactores –no solo interpolaciones, sino seguramente también supresiones, de las
que nunca sabremos- creó una serie de discrepancias, incoherencias internas y
errores dramáticos, que un editor (o editores) trataron de solventar de forma
algo torpe.
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1.
Fitzmyer (1986, pp. 108-111)
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