miércoles, 4 de diciembre de 2013

DUALISMOS: DOS PRINCIPIOS

DUALISMO: DOS PRINCIPIOS
Con el establecimiento, expansión y consolidación de las ortodoxias monoteístas Cristianas, Judaísmo rabínico, e Islam, otras tradiciones religiosas, desarrollaron con intensidad variada un dualismo constantemente atacado por las críticas monoteístas que lo llaman “la enseñanza de los dos principios” y comienza a declinar e incluso desaparecer de las esferas tradicionales de influencia en la Europa Mediterránea y Medio Oriente. Este proceso parece haberse acelerado a comienzos del periodo Medieval aunque durante la Alta Edad Media resucita la religiosidad dualista en Europa, principalmente mediante los esfuerzos misioneros de las herejías de los Bogomilos y los Cátaros. Siglos después que el Cristianismo ortodoxo hubiese triunfado formalmente sobre su mayor adversario dualista, el Maniqueísmo, la única religión universal que surgió de la gran confusión espiritual en el siglo tercero en Mesopotamia, las élites eclesiásticas y seculares de la Cristiandad medieval hubieron de continuar lo que consideraban una nueva lucha en su batalla contra sus resucitados antiguos enemigos. En el Maniqueísmo, la visión religiosa dualista tradicional que dividía la realidad divina y el mundo en dos ámbitos opuestos de bien y mal fue magnificada alcanzando expresión influyente y altamente elaborada. Es más, Mani, el fundador del Maniqueísmo, proclamó que su intrincado sistema dualista formaba el núcleo de todas las religiones y era subyacente a las enseñanzas de Zoroastro, Buda, y Cristo. Antes de alcanzar esta fase universalista, la tradición dualista pasó a través de una evolución de siglos en Irán y el este del Mediterráneo y su encarnación Maniquea se expandió a lo largo de Mesopotamia, el Norte de África y la Europa del Mediterráneo e incluso más allá en el lejano Oriente.

Según el tratado Cátaro “El Libro de los dos Principios”, además del principio del bien, como está manifestado en Dios y en Jesucristo, hay otro principio, “el del mal, poderoso en iniquidad, del cual el poder de Satán y las tinieblas y otros poderes enemigos del Señor Dios se derivan en exclusiva”. El tratado elabora una exhaustiva defensa teológica de la justicia y omnipotencia divina ante la presencia del mal en el mundo. En esta Teodicea dualista el cosmos es visto como el resultado y campo de batalla de dos principios opuestos el bien y el mal o la luz y las tinieblas. Entre sus numerosos y variados argumentos sobre la coexistencia de los principios del bien y del mal el tratado se refiere al dicho de Jesús en Mateo (7:17-18), “Todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producirlos buenos”.

El “Dualismo” tiene un uso diferente en los contextos filosóficos, históricos y religiosos que requiere cierta clarificación. El “dualismo” en sí mismo fue introducido en 1700 por Thomas Hyde para describir sistemas religiosos tales como el Maniqueísmo que concibe a Dios y al diablo como dos principios co-eternos. Siguiendo la innovación terminológica de Hyde, Christian Wolff introdujo el término en el discurso filosófico para definir sistemas filosóficos como el de Deckart que propone que la mente y la materia son dos substancias distintas. Consiguientemente, el término vino a ser usado para descripciones y discusiones filosóficas Cartesianas, el problema mente-cuerpo y las doctrinas de la trascendencia. En términos más generales, el término dualismo vino a ser aplicado también a los sistemas filosóficos que contenían importantes pares de opuestos como el de Platón, con sus dualidades entre el cuerpo mortal y el alma inmortal, o el mundo percibido por los sentidos y el mundo de la ideas eternas, comprendido por la mente; o la distinción Kantiana entre el mundo fenoménico y el nouménico. 

En el caso de la teología de las herejías dualistas del Cristianismo Medieval, por ejemplo, dado que tanto los Bogomilos como los Cátaros derivan el bien y el mal de dos principios opuestos, que son también vistos como causas de la creación del mundo y el hombre, ambos pertenecen a la tradición del dualismo religioso y han de ser distinguidos de las tradiciones religiosas que acentúan meramente el contraste entre el bien y el mal en tanto que opuestos morales o de aquellas de las relaciones entre pares binarios tradicionalmente relacionados de luz y tinieblas, vida y muerte, etc. Por otro lado, el enfoque del antagonismo fundamental y del conflicto cósmico irreductible entre los dos agentes sobrenaturales en el dualismo Bogomilo y Cátaro lo diferencia de las teologías binarias donde la interacción entre polaridades primarias o divinas puede ser no-antagónica y complementaria.

Entre los sistemas religiosos que enfatizan en varios grados lo que ha sido descrito como “clasificación simbólica dual” partiendo de la polaridad entre pares primarios y opuestos, algunos acentúan la naturaleza complementaria de algunos o la mayoría de estos, mientras otras tradiciones pueden dar prioridad a la noción de lucha y contrariedad entre opuestos.

Esta dicotomía se puede aplicar no sólo a los grandes sistemas religiosos como son el Zoroastrismo, Judaísmo, Cristianismo y varias tradiciones Gnósticas sino también a las cosmogonías de las culturas pre-literarias en Eurasia y Norteamérica en aquellos casos donde surge un segundo demiurgo, un demiurgo embaucador, que se mueve desde una posición de colaboración con el primer demiurgo a una de oposición activa contra él, esto es particularmente evidente cuando algunas de estas cosmogonías asocian un par divino de gemelos o hermanos con el proceso cosmogónico: en algunos casos son presentados actuando en relación complementaria aunque en otros hay una definida transición al dualismo, como cuando los gemelos son vistos en rivalidad y oposición (algunas veces manifestada en sus respectivas creaciones), uno de ellos siendo identificado como gemelo malo o embaucador (las mitologías de los gemelos divinos están frecuentemente relacionadas con el sistema de organización social dual de sus pueblos respectivos).

El núcleo del dualismo religioso normalmente está en la batalla cósmica  entre las fuerzas del bien y del mal exponiendo el curso de todas la colisiones que tienen lugar entre los dos principios, las diferentes versiones del dualismo religioso pueden ofrecer soluciones contrastadas al principal problema teológico de la realidad divina, la creación y el origen del mal. Dentro de los diferentes dualismos religiosos cabe distinguir tres líneas principales. La primera distingue el dualismo radical o absoluto del dualismo moderado o mitigado. Así es para el dualismo absoluto, tal como está desarrollado, por ejemplo, en el Zoroastrismo Medieval y en el Maniqueísmo, el bien y el mal, la luz y las tinieblas derivan de dos principios independientes co-eternos, irreductiblemente enfrentados eternamente. En el dualismo moderado o “monárquico”, representado, por ejemplo, por algunos de los sistemas Gnósticos clásicos como el Valentinismo, uno de los dos principios es visto como agente secundario que surge del otro principio el cual es reconocido como primera causa sublime.

La segunda línea de distinción concierne al marco temporal dentro del cual los dos principios funcionan en oposición mutua. En el dualismo dialéctico son vistos actuando eternamente en lo que a menudo es percibido como un proceso cíclico y repetitivo del tiempo. En el dualismo escatológico, con su foco en los eventos escatológicos y última purificación del mundo al final del tiempo histórico, el principio malo está destinado a ser derrotado en estos últimos tiempos y no es reconocido como agente eterno.

La tercera línea de distinción está relacionada con la actitud respecto al mundo físico y la materia. En el dualismo cósmico, tal como está ejemplificado en el Zoroastrismo, el mundo físico es tratado esencialmente como creación buena del principio bueno, o sea como Creación de Dios; aunque atacada por el mal, el pecado y la muerte, está destinado a llevar a cabo la destrucción final del agente malo. En cambio, el dualismo anti-cósmico equipara el mundo físico y la materia con el principio del mal y las tinieblas vistas como totalmente opuestas al mundo espiritual y la luz. El dualismo anti-cósmico es normalmente fuertemente anti-somático, relegando el cuerpo al mundo del mal de la materia y oponiéndolo al alma, esta última tiene su origen en el ámbito de la luz y el bien espiritual. El dualismo anti-cósmico alcanzó su encarnación más dramática y evocativa en los sistemas mitológicos de algunas escuelas Gnósticas donde el rechazo de un Dios-Creador(Demiurgo) y su universo asumen formas ocasionalmente drásticas.

El tipo Platónico de dualidad alma-cuerpo, tal como aparece en los diálogos Platónicos del Timeo y el Fedón, vino a influenciar importantes tradiciones Judías y Cristianas. Una oposición dualista espíritu-materia junto con un riguroso ascetismo fue cultivado en las tendencias esotéricas-iniciáticas del Orfismo y Pitagorismo en la antigüedad. La enseñanza Órfico-Pitagórica que explica el cuerpo físico como tumba del alma divina e inmortal es compartida en la religiosidad de tipo Gnóstico con su foco implícito en el rescate de la “chispa divina” en el hombre de la prisión del cuerpo donde quedó atrapada por el Demiurgo –una preocupación compartida por las herejías medievales Bogomila y Cátara.               
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