¿Qué tiene de malo ser carpintero?
En la entrada anterior intenté mostrar por qué las pruebas de que Jesús fuera carpintero antes de comenzar su ministerio público son, en el mejor de los casos, endebles. Este dato aparece únicamente en Marcos 6:3 («¿No es este el carpintero?»), pasaje que Mateo modifica —«el hijo del carpintero»— y Lucas también —«el hijo de José»—. Juan no incluye este pasaje ni dice nada acerca de que Jesús fuera carpintero; tampoco lo hace ninguno de los demás libros del Nuevo Testamento, ni ningún otro escrito cristiano antiguo, salvo aquellos que toman el dato de Marcos.
Esto plantea tres preguntas que pueden parecer diferentes —porque lo son—, pero que en realidad están relacionadas: (1) ¿Por qué Mateo y Lucas, y posteriormente los copistas de Marcos, lo cambiaron? (2) ¿Es históricamente cierto? (3) Si no lo es, ¿podemos pensar en alguna razón por la que Marcos pudiera haberlo inventado? Esto ocupará tres entradas.
¿Por qué lo cambiaron Mateo, Lucas y los copistas posteriores?
Con la modificación, ya no se dice que Jesús sea carpintero. Es posible que los copistas posteriores alteraran el texto de Marcos para armonizarlo con Mateo —de modo que ahora ambos dijeran que era «hijo de un carpintero», en lugar de que él mismo fuera «carpintero»—; pero seguimos teniendo que preguntarnos por qué tanto el propio Mateo como Lucas, de otra manera, modificaron el pasaje para que no se dijera que Jesús era carpintero. (Por cierto, no tenemos manuscritos de Mateo y Lucas en los que se haya modificado su redacción).
¿Se debe a que Mateo, Lucas y los copistas posteriores tenían algún reparo en que se calificara a Jesús de téktōn, la palabra que habitualmente significa «carpintero»?[1]
Hoy pensamos en los carpinteros como artesanos talentosos, con habilidades envidiables, cuyos servicios se necesitan constantemente y que ganan un sueldo digno. Así es como la gente —según mi experiencia— suele imaginar a Jesús el carpintero: fabricando hermosos muebles y realizando trabajos de ebanistería fina. Pero esa imagen es completamente equivocada cuando se trata de un téktōn en una aldea rural muy pequeña de la antigua Galilea —o de casi cualquier otro lugar del mundo antiguo—.
Conviene repasar algunos datos: Nazaret era un lugar de muy escasa importancia en tiempos de Jesús. No se menciona en el Antiguo Testamento ni en ningún escrito judío de aquella época. De hecho, fuera de los Evangelios y de los escritos cristianos posteriores que se remiten a ellos, no aparece en ningún escrito —judío o romano— hasta después de la conversión de Constantino, a comienzos del siglo IV. Ni siquiera aparece su nombre.
Como señalan Jonathan Reed y John Dominic Crossan en su libro Excavating Jesus, el libro de Josué del Antiguo Testamento (19:11-15) enumera unos quince lugares de aquella zona de Galilea, pero no Nazaret —aunque sabemos que ya existía entonces—. El prolífico historiador judío Josefo, que estuvo al mando de las fuerzas judías en Galilea durante la guerra contra Roma del 66 al 70 d. C., menciona cuarenta y cinco poblaciones galileas, pero no Nazaret. Los rabinos judíos que compilaron la Mishná hacia el año 200 d. C., y quienes elaboraron el Talmud un par de siglos después, mencionan sesenta y tres poblaciones de Galilea. Pero no Nazaret.
¿Por qué? Era un lugar diminuto y sin nada de particular, que prácticamente solo conocían quienes vivían en sus alrededores. Los hallazgos arqueológicos muestran que era una comunidad agrícola muy pobre. Al parecer, ocupaba entonces unas cuatro hectáreas, con unas cincuenta casas y una población de quizá cuatrocientos o quinientos habitantes, sin indicios de riqueza. Como en otras aldeas rurales de la Galilea de aquella época, sus habitantes vivían de los cultivos que producían en parcelas de diversos tamaños situadas fuera de la propia aldea. Quienes realizaban trabajos ocasionales de carpintería o herrería como actividad complementaria habrían fabricado lo que se necesitaba para las labores agrícolas. No había otra actividad comercial; probablemente funcionaban mediante una economía de trueque, algo así como: «Por un yugo cobro seis gallinas».
Si Jesús era carpintero, eso es lo que habría hecho: fabricar yugos, arados, portones y, posiblemente, las toscas vigas de madera que sostenían los tejados de paja cuando se construían o reparaban las casas.
Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que este tipo de «ocupación» era menospreciado por quienes no se encontraban en semejante situación, por ejemplo, los muy instruidos autores de los Evangelios y los copistas posteriores. Entre las personas cultas y quienes se preocupaban por su prestigio social, ciertas formas de ganarse la vida se consideraban inferiores y despreciables. Veamos este pasaje del político y orador romano Cicerón, que trata sobre los tipos de trabajo considerados «ordinarios» y «vulgares»:
Hemos recibido las siguientes orientaciones generales acerca de los oficios y las ocupaciones; en concreto, cuáles deben considerarse respetables y cuáles vulgares… Vulgares e indignas son las ocupaciones de todos los trabajadores asalariados cuyos servicios —y no sus habilidades— se compran, pues, en su caso, el propio salario es el precio de la servidumbre… Todos los trabajadores manuales se dedican a labores vulgares, pues un taller no puede albergar nada noble. (Sobre los deberes, 1.150-151).
A continuación, Cicerón enumera otras profesiones que considera por debajo de su dignidad y de la de sus selectos lectores. Y cabe preguntarse si había alguna ocupación que Jesús hubiera podido desempeñar, dadas su época y su lugar de residencia, que Cicerón hubiese considerado respetable. La respuesta probablemente sea que no.
Pero, durante las décadas posteriores a la muerte de Jesús, los cristianos hacían afirmaciones sumamente elevadas acerca de él, y para muchos de quienes los escuchaban hablar de Jesús, su pertenencia a las clases bajas habría supuesto —y de hecho supuso— un problema.
Encontramos este problema abordado explícitamente en cuanto disponemos de escritos de personas cultas no cristianas que atacan las afirmaciones de la fe.
El primer ataque sostenido del que tenemos noticia aparece en una obra titulada La palabra verdadera, escrita hacia el año 177 d. C. por un filósofo llamado Celso. No conservamos la obra en sí, pero podemos reconstruirla a partir de la refutación posterior del padre de la Iglesia y teólogo Orígenes, en su libro Contra Celso. En cierto momento, Celso se burla de Jesús señalando que era un completo don nadie, sin posición ni prestigio social, de clase baja, pobrísimo, cuya madre tenía que ganarse la vida haciendo trabajos de costura y que lo había concebido fuera del matrimonio, tras quedar embarazada de un soldado romano. Menudo golpe.
Después añade:
Y en todos sus escritos [los de los cristianos] se menciona el árbol de la vida y una resurrección de la carne por medio del árbol, porque, supongo, su maestro fue clavado en una cruz y era carpintero de oficio… Ahora bien, ¿qué anciana no se avergonzaría de decir tales cosas en un susurro, incluso al inventar cuentos para dormir a un niño?
(Citado en Contra Celso, de Orígenes, 6.34).
Como suele hacer al responderle, Orígenes contesta directamente a la acusación de Celso. Pero en este caso adopta una estrategia bastante extraña. Normalmente defiende las afirmaciones cristianas y explica por qué revelan la verdad de Dios, aunque puedan parecer paradójicas. Sin embargo, aquí no lo hace: ¡en lugar de ello, niega que en alguno de los Evangelios se llame carpintero a Jesús! (6.35).
Esto resulta extraño, porque Orígenes conocía los Evangelios al dedillo, mejor que casi cualquier otra persona del mundo conocido de su época. Así pues, o bien sus manuscritos de Marcos 6:3 decían «hijo del carpintero», como en Mateo —es decir, contenían la versión posterior y modificada de Marcos—, o bien… él, Orígenes, había olvidado oportunamente lo que escribió Marcos. Pero ¿por qué habría de negar la afirmación de Marcos?
Tal vez sabía que realmente suponía un problema que se llamara téktōn a Jesús. Habría ocupado un puesto demasiado bajo, incluso en la escala social meramente humana, como para ser el glorioso Hijo de Dios. Sin duda, como mínimo, tendría que haber sido un genio religioso de gran formación, y no el hombre que podía repararte el portón en sus ratos libres. Cicerón habría pensado así —escribía décadas antes de Jesús—; Celso lo pensaba, sin duda; Orígenes lo negó tajantemente. ¿Y Mateo, Lucas y los copistas posteriores? Lo cambiaron.
Esto nos lleva ahora a la cuestión histórica más amplia: ¿tenía razón Marcos al afirmar que Jesús era un téktōn? Si no era así, ¿por qué habría querido afirmar que lo era?
Continuará.
[1] También podía referirse a un cantero o a un trabajador del metal, aunque lo más habitual es que signifique alguien que trabaja la madera. Para mi argumento, no importa a cuál de estos oficios se refiriera Marcos.
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