martes, 31 de julio de 2007

DIONISO

Los dioses griegos son inmortales. Para designarlos, los griegos dirán indistintamente hoi theoí, los dioses, o hoi athánatoi, los inmortales.

Dioniso es el dios mortal. Muerto por el héroe Perseo; asesinado y devorado por los Titanes; huyendo de Licurgo, fue a morir a Delfos, donde se mostraba su tumba con la inscripción: Aquí yace Dioniso, hijo de Sémele.

El orfismo introdujo la idea, que se impuso finalmente, de un Dioniso pasivo frente a la muerte, reducido al papel de víctima. El tópico de un Dioniso dios perseguido y dios sufriente se extendió ampliamente. Pero lo mismo que se da muerte a Dioniso más de una vez, también él, por voluntad propia, emprende descensos a los infiernos. En época helenística será el dios Katagoios que se sumerge regularmente en el mundo subterráneo. Hijo de la reina de los Muertos –según otra versión, criado por ella en el Hades-, Dioniso es un habitual del mundo infernal, y Cerbero, el perro de los Infiernos, no se equivoca cuando, al decir de Horacio, se precipita sobre él para lamerle los pies. Aún siendo mortal, el hijo de Sémele es diferente de los humanos puesto que el muere más de una vez. No sólo no desconoce la muerte como los demás Olímpicos, sino que está familiarizado con ella como jamás ningún otro hombre lo estará.

A la paradoja de sus numerosas muertes le corresponde la de sus numerosos nacimientos. Del mismo modo que sus descensos a los Infiernos no siempre se acomoda a las modalidades de la muerte, los regresos de Dioniso a la luz no siempre lo hacen a los del nacimiento. El dios duerme en le reino de los muertos, luego se despierta con la llamada de las Ninfas. Este mismo tema se encuentra en el ritual, en el seno de las grandes fiestas bianuales, las Trieterias, celebradas en honor del regreso de Dioniso en Delfos y en varias ciudades. En el gran santuario panhelénico, el ritmo bianual marca dos festividades, la de febrero, centrada en la muerte de Dioniso, y la de noviembre, cuando las Tíades van a la montaña a despertar a Dioniso Liknites, el dios de la cuna.

Si los nacimientos míticos del dios pueden parecer paradójicos tanto por su número como por las variaciones que afectan a la identidad de la madre, sus nacimientos rituales prescinden totalmente de la figura de la madre. El Liknites es despertado periódicamente por todo un grupo de mujeres. No se trata del acontecimiento único que inaugura un destino lineal; se trata del acontecimiento repetitivo del regreso del dios. Dioniso no tiene un nacimiento antropomorfo, observa con toda razón Diodoro de Sicilia; es, en cambio, el dios que viene, aquel cuyo culto abunda en invocaciones rituales que deben suscitar su epifanía.

En los rituales, el hecho necesario –invariable- es la alternancia de los regresos y las partidas del dios. La diración de su ausencia importa tan poco que se anula por completo en los rituales, en los que su regreso se encadena directamente con su partida. Los movimientos de Dioniso se inscriben en el espacio, no en el tiempo.

Se puede reducir Dioniso a la figura de un dios de la vegetación? Es evidente que la Trieteria rompe el ritmo natural; la vegetación no espera dos años para completar su ciclo. En cambio lo que aquélla siempre completa es un ciclo, lo que importa es este movimiento. El ritmo bianual organiza un dominio pensado y pensado en términos espaciales. La estación no procede de ayer, sino de abajo.

Se puede decir que la Trieteria dionisiaca expresa la dialéctica de la vida y de la muerte, procedente la una de la otra, de modo que la vida se revela indestructible? Nada en los documentos privilegia la vida en detrimento de la muerte, nada milita a favor de que ésta prevalezca sobre aquella: a los múltiples nacimientos del dios le corresponden otras tantas muertes. Como mejor se explica su relación no es en términos de lucha, sino de equilibrio; de un equilibrio móvil, tributario de un movimiento circular, necesario tanto en el sentido que va de la muerte a la vida, como en el que va de la vida a la muerte. Dioniso Amphietes y Trieterikós es el garante de un movimiento circular que logra la unión dinámica de dos espacios, el mundo subterráneo y el mundo terrestre.

Dioniso es el dios que se manifiesta apareciendo (epiphanai), que se dirige especialmente a la vista y al que acompañan estallidos de luz y lenguas de fuego. Su nacimiento está marcado por el rayo que mata en el mismo momento a su madre Sémele. Cosido al muslo de Zeus para terminar allí su gestación, sale de él portando dos antorchas. Junto a Dioniso niño que nace del muslo de Zeus, el pintor escribió dios phos: Luz de Zeus. El diccionario de Hesiquio lo entiende como que baña en una dulce luz de Zeus. En ciertos momentos del año, la gruta que contiene la cuna de Dioniso niño brilla con un resplandor radiante y dorado. Dioniso tuvo por nodrizas las llamas del rayo, se complace en repetir Nono, es el dios ardiente (pyróeis). Nacido del fuego según Diodoro (pyrigenés), hijo del fuego según Opiano (pyrípais), Dioniso es, en su aspecto adulto, el radiante (lampter), el iluminado (phausterios), es brillante como un astro con rayos del fuego, el dios que en el momento de su sacrificio se manifiesta mediante un gran fulgor de fuego; sus misterios se celebran bajo el fulgor de las antorchas, sus fiestas están marcadas por carreras de antorchas (lampadodromíai). En el Ión, Juto dice haber participado en los fuegos de Baco; así designa la célebre fiesta trietérica, en la que Dioniso brinca en el Parnaso en medio de las teas. Señor de las llamas, es, para el escoliasta de la Ilíada, el guardián del fuego.

Sin embargo, este dios luminoso, brillante, radiante, flameante, es también Dioniso-sombrío (morykhos), cubierto con una piel de cabra negra (melánaigis), el dios nocturno (nyktélios), doble de Zagreo errante de noche (nyktipólos). Bajo su forma tenebrosa, se convierte en objeto de cultos nocturnos y recibe sacrificios infernales. Es el gran Dioniso Khthónicos, divinidad subterránea cuya sombría figura permaneció un poco al margen de esplendor olímpico del período clásico en el Ática.

Las fiestas dionisíacas más tradicionales y más difundidas a la vez, las Antesterias y las Agrionas, son fiestas de los muertos. El reino subterráneo de los espíritus compone el trasfondo del culto dionisíaco que, en el Ática, estaba ligado a las Apaturias. En las Oscoforias se llevaban ramas de vid con uvas desde Atenas a Falero, chicos desnudos bailaban en honor de Dioniso y luego se daban las gracias a Dioniso y Ariadna por no haber venida a Atenas con Teseo: extraño agradecimiento que da muestra de la lógica olímpica, dispuesta a cerrar el paso a los dioses infernales.

También en Atenas, los sacrificios de las Leneas, realizados por el epístata del Eleusis, asocian a Dioniso Leneus con la tríada eleusina, Deméter, Coré y Plutón. Hesiquio nos informa de que, en esta misma ciudad, las Leneas eran celebradas en el Pantano Limnai. Allí, en las proximidades del santuario de Tierra, se encontraba el más antiguo templo de Dionisio en el Ática. Permanecía cerrado todo el año para abrirse solamente el segundo día de las Antesterias, en el momento mismo en el que se abre el mundo de los muertos; se trata, a todas luces, de una boca de los Infiernos, realizada en la arquitectura. Allí habitaba Dioniso-pilar, portador de la máscara, un ídolo fabricado probablemente todos los años, literalmente anual. Este ídolo desaparecía y reaparecía en el transcurso de la misma fiesta. Y, sin embargo, la principal manifestación de este señor de las tinieblas consiste en surgir a la luz. Lo hace por dos cauces a la vez: para él se abren, una vez al año, las puertas del templo infernal del Pantano y se abren, durante la misma fiesta, precisamente el día de los Pithoigia, las jarras del vino joven.

En las representaciones de los vasos, Dioniso-pilar, portador de la máscara, preside rituales que consisten esencialmente en trasegar el contenido de los pithoi colocados delante de él. Algunos creen reconocer en ellas escenas rituales de la fiesta de las Leneas. El nombre derivaría de lenós, el lagar. Sin embargo, según se ha hecho notar, esta fiesta de invierno no podría coincidir con el pisado de la uva, pero remite a ella como por prolongación, en la medida en que, probablemente, el mosto, el gleukos, era conservado en los lenoi hasta las Leneas. Y remite también a la muerte de Dioniso: es sabido que el pisado de la uva era su equivalente, y la propia palabra, lenós, designa también el ataúd. Además, tanto la apertura de los lenoi con ocasión de las Leneas, como la apertura de las jarras el día de los Pithoigia, como la simultánea del templo infernal del Pantano dan igualmente paso a Dioniso subterráneo, que aparece para manifestar su regreso, figura a la vez del más allá y presencia epifánica, artífice, una vez más, de una unión capital.

Figura del más allá, Dioniso-pilar con la máscara hace coincidir su epifanía con las tres aperturas del mundo de los muertos: la de los lenoi, la de los pithoi y la del templo de Limnai.

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