miércoles, 21 de enero de 2009

LA TRINIDAD

LA TRINIDAD

El dogma de la Trinidad siempre ha sido la línea fundamental de defensa de la Iglesia contra la acusación judía e islámica de que es evidente que el cristianismo no es una religión monoteísta. Un misterio, naturalmente, exige fe, por lo que lo único que se puede hacer es racionalizarlo –Tomás de Aquino fue el que lo hizo con mayor ingenio. Dionisio el Areopagita (Hechos 17:34), que inventó un Dios tan trascendente que dejó al propio Yahvé muy por debajo del umbral de un nombre místico por encima de todos los nombres místicos y por encima del ser –por encima incluso de la Trinidad. La teología negativa de Dionisio, que insistía en que el lenguaje no podía ofrecer una explicación coherente de lo divino y que se inspiraba en a Iglesia Ortodoxa Oriental, cuyos dogmas van más allá de los del catolicismo occidental y del posterior protestantismo. El dogma de la Trinidad parece como una estructura de la ansiedad de la influencia.
Jesús de Nazaret, habitualmente se dirigía a Yahvé como padre (abba), pero jamás llegó a reducir a Yahvé al único atributo de ser “nuestro padre que está en los cielos”. Esa reducción es Cristiana, y Jesús, como uno no debería de cansarse de reconocer, no era Cristiano, sino un judío del Segundo Templo leal a su propia interpretación de la Ley de Yahvé. Por encima de todo, Jesús no era trinitario, una afirmación obvia pero también demoledora en sus implicaciones.
El dogma de la Trinidad da por supuesto que Yahvé ya ha menguado hasta su Primera Persona, el Dios Padre. Uno no debería preguntarle al dogma trinitario quién es la Primera Persona, aunque sólo sea porque el principal y secreto propósito de la Trinidad sea justificar la sustitución del Padre por el Hijo, de la Alianza Original por el Testamento Tardío, y del pueblo Judío por los gentiles. Jesucristo es un nuevo Dios que sigue el modelo grecorromano en que Zeus-Júpiter usurpa el papel de su padre, Conos-Saturno. El emperador Constantino, al instaurar el cristianismo como la religión de la autoridad romana, astutamente reconoció en Jesucristo una continuación de la tradición pagana. Yahvé, como un Saturno desfasado, se retiró a lo que quedaba del judaísmo, hasta que regresó en forma de Alá del Islam.
Puede que el monoteísmo constituya un avance sobre el politeísmo, o puede que no, pero el cristianismo nunca reconocería haber acabado recurriendo, en la práctica, a tres dioses en lugar de a uno. Dónde y cómo comenzó el dogma de la Trinidad? En el siglo IV d.C., Atanasio, obispo de Alejandría, convenció a una mayoría de sus colegas de que Jesucristo era Dios, una convicción sin restricciones aunque curiosamente sutil, pues Cristo también era hombre. Pero, qué tipo de hombre? Era una criatura o no? Los cristianos judíos, liderados por Santiago, el hermano de Jesús, insistían en que sí lo era, al igual que Arrio, el adversario de Atanasio en el siglo IV, pero el Credo de Atanasio ganó la batalla, y Jesucristo pasó a ser más Dios que hombre en la práctica, si no en la teoría.
La teología es necesariamente un sistema de metáforas, y la doctrina representa su literalización. La misma poesía, sea cuales sean sus intenciones, es una especie de teología. La Trinidad es un gran poema, aunque difícil, y siempre un reto para la interpretación. Su sublime ambición es convertir el politeísmo de nuevo en monoteísmo, lo que es posible interpretando al Espíritu Santo como un vacío y eludiendo la exuberante personalidad de Yahvé. Si la Trinidad es verdaderamente monoteísta, entonces su único Dios es Jesucristo, no Jesús de Nazaret.
El Credo de Atanasio, tal como se publicó en Nicea en el año 325, tenía como objetivo al herético Arrio, cuyo Jesucristo fue creado por Dios en un momento determinado, por lo que era mutable. En su oposición a Arrio, este credo nos presenta una retórica que ahora nos es familiar, aunque muy poco sólida cuando habla “de la misma esencia que el Padre”. No hay nada bíblico en esa formulación, nada Yahvístico; y sin ella, quizá Jesús sería tan sólo una figura de transición en lugar de la última Palabra.
Una metáfora puede ser históricamente consistente y al mismo tiempo bastante estrafalaria, y homouúsion posee una extravagancia cuya frescura aún perdura por mucho que se haya repetido. Pero Jesús y Yahvé no están hechos de la misma pasta, que es el significado fundamental del homouúsion griego, un adjetivo compuesto, probablemente tomado por los primeros teólogos cristianos de los herejes gnósticos. G.L. Prestige, en su útil libro “God in Patristic Thought (1936), compara de manera seductora la afirmación gnóstica de que el Adán primigenio, u hombre-dios, se parece a Dios como una imagen, pero no está hecho del mismo material.
Los trinitarios no han aclarado el dilema central de su metáfora, pues el Concilio del Credo de Nicea no resuelve la cuestión de la fusión de Padre e Hijo. Una metáfora que continuó siendo una metáfora. Atanasio, sin embargo, insistía en que Jesucristo no había sido creado, ni tampoco el Espíritu Santo: la Trinidad era de idéntica sustancia, y no simplemente una analogía. Pero si Dios es un ser, cómo puede ser también tres entidades, cada una capaz de ser descrita por separado?
Astutamente, San Agustín se basó en la analogía de que una sola conciencia humana reúne la voluntad, la memoria y el entendimiento, pero eso no resuelve el embrollo de Atanasio. Existe una brecha entre la cultura latina de Agustín y la Trinidad griega que un giro hacia la interioridad no es capaz de salvar. Los griego veían una esencia y tres sustancia, mientras que los latinos proclamaban una esencia, o sustancia, y tres personas. Para los latinos, la Trinidad comprendía tres sujetos; para los griegos, tres objetos –aunque eso era, en gran medida, una diferencia lingüística, que en la práctica suponía poca diferencia real.
Los sutiles Padres griegos, que resolvieron las contradicciones de la Trinidad, o al menos las disimularon, son los así llamados capadocios, procedentes de a región turca que está al centro de Turquía actual: Gregorio Nacianceno con los hermanos Basilio de Cesarea y Gregorio Niceno y su hermana Macrina, decanos todos ellos de la teología cristiana helenizada del siglo IV, que comprendieron perfectamente que el Concilio de Nicea no había conseguido formular una defensa lo bastante poderosa contra la acusación de que el Trinitarismo era un politeísmo. Armados de un sofisticado platonismo cristiano, emprendieron la tarea de ofrecer exactamente esto.
Ese maravilloso estilo de negación lingüística insiste en que todo lenguaje referente a la divinidad es inapropiado, pues lo trascendente no puede expresarse en palabras. Lo que llamaron la Palabra estaba por encima de las palabras, y la luz divina eclipsaba completamente la luz natural. Padre, Hijo y Espíritu Santo son metáforas extremas, mientras que el Yahvé del escrito de J era una persona y una personalidad, como lo fue el Jesús de Marcos. El monoteísmo occidental, posee sólo dos dramatizaciones convincentes de Dios: Yahvé y Alá. Jesucristo es una extraordinaria metáfora mixta, mientras que Dios Padre y Espíritu Santo son analogías endebles.
Los Capadocios navegaban hábilmente entre el politeísmo griego y el yahvismo estricto cuando admitían alegremente que todas las analogías para lo divino eran inadecuadas. Que la Trinidad fuera metafórica no les molestaba, pues la divinidad cristiana por definición carecía de pasión. No obstante, hay que admirar el baile de negaciones capadocio que salva a la Trinidad, o al menos la reconcilia con la cultura platónica. El platonismo Cristiano prescinde de la ironía socrática, al menos hasta la llegada de Kierkegaard en el siglo XIX, que pone el énfasis allí donde los trinitarismo terminan. Cómo se puede uno hacer Cristiano, pregunta, en un reino que proclama que hay forma parte de la cristiandad?
En fin, la cuestión del politeísmo griego en oposición al monoteísmo yahvístico o islámico no ha sido exactamente resuelta. Su héroe trinitario es un teólogo del siglo VI, totalmente desconocido, llamado el pseudo-Cirilo, que inventó la metáfora de la “co-inherencia” o “la forma de un Dios en tres Personas y no tres Personas en una Divinidad.” De este modo se podía evitar el triteísmo.
Uno se pregunta qué habría pensado Yahvé de tanto enrevesamiento helénico. La teología, después de todo, la inventó el platónico judío Filón de Alejandría a fin de encontrar una explicación convincente para la personalidad humana de Yahvé. El pseudo-Cirilo había inventado una metáfora mejor que las utilizadas por los demás trinitarios. Pero aunque el triteísmo se mantiene a raya, la extensión del espíritu se hace a cosa de la humanidad de Cristo. Tanto Jesús de Nazaret como Yahvé carecen de relevancia para al Trinidad, desde el momento en que no son sólo metafóricos, y todo lo que se deposita en la Trinidad no es nada más que metafórico

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