miércoles, 21 de enero de 2009

SAN AGUSTIN Y LA GRACIA

AGUSTIN, GRACIA VS. LIBERTAD

El hecho de que Dios sea tres personas en una, que Jesús sea el hijo de Dios, que este haya creado el mundo de la nada y por libre decisión (lo que significa que no existe desde toda la eternidad) o que el ser humano haya nacido con el pecado original y sea, no obstante, responsable de sus actos, son dogmas cuya verdad es, en realidad indiscutible para los cristianos.
La filosofía de la Edad Media comienza con la tarea de pensar sin contradicciones y de manera convincente las opiniones dadas en la fe. La razón deberá indagar lo que la fe reconoce. Emprende desde el lado de la razón una elaboración creativa de la filosofía de la Antigüedad. Platón y Aristóteles alcanzan así el rango de autoridades. Sin embargo, durante mucho tiempo este proceso se desarrollará dentro de la tradición neoplatónica que, a diferencia de las escuelas helenísticas, concede preponderancia a las cuestiones teóricas por encima de las prácticas. Además, en el marco de lo práctico, la cuestión a la que se da prioridad es un asunto relativamente teórico: la relación entre libertad humana y gracia divina.
Por otro lado, se intentan cristianizar los elementos paganos del pensamiento antiguo, y, viceversa, dar forma filosófica a las doctrinas cristianas: la cristianización de la Antigüedad está vinculada a cierta helenización del cristianismo. Las obras más destacadas de la época, son las Confesiones y la Ciudad de Dios –Civitas Dei- de San Agustín, el Proslogion, de San Anselmo y la Suma Teológica de Santo Tomás.
SAN AGUSTIN
San Agustín, se enfrenta a Tertuliano en su rechazo a la filosofía y recupera ciertas ideas fundamentales de la filosofía “pagana”. Agustín se adelanta con tanta claridad a una idea fundamental de Descartes. Agustín defiende una concepción indubitable, la de la propia existencia: “Aunque me equivoque, soy”. Agustín, al igual que Platón, ve el fundamento del verdadero conocimiento en el mundo espiritual de las ideas. Pero, a diferencia de la teoría Platónica, las ideas no poseen un ser “no personal” existente de por sí, sino que son, como en Filón y Plotino, pensamientos de Dios. Para participar en esos pensamientos, se requiere una iluminación divina. Esta doctrina de la iluminación complementa la teoría agustiniana del saber con una fundamentación antropológica: el espíritu humano está emparentado con el divino, aunque disfruta de una independencia limitada. Agustín intenta conocer solo dos cosas, Dios y alma, y nada más, pues nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti. En ese sentido, la doble búsqueda tiene un significado igualmente doble, no solo teórico sino también práctico. Se halla al servicio del verdadero conocimiento y de la verdadera felicidad, la salvación del alma –con el añadido teórico institucional de que “fuera de la Iglesia no hay salvación.
Libertad o Gracia
Según la enseñanza Cristiana, el ser humano debe, en última instancia, su salvación al don concedido libremente por Dios: la gracia. Aquí hay un claro ataque a la opinión de la Antigüedad según la cual el ser humano podría alcanzar por sí solo su objetivo: la felicidad personal, como individuo, y la felicidad y la justicia colectivas, como ser comunitario. Como, pues, conciliar la responsabilidad del ser humano por sus acciones con su dependencia de la gracia de Dios? Habida cuenta que una preponderancia de la gracia limita la autonomía moral de la persona, Agustín busca un camino intermedio entre las dos teorías entonces influyentes: mientras que el pelagianismo (Pelagio=Pelasgo=marinero; monje irlandés que negaba el pecado original y enfatizaba la libertad responsable del hombre) afirma la autonomía plena de la voluntad, el maniqueísmo, al que el propio Agustín se adhiere durante algunos años, la niega por completo. Según la vía media de Agustín, el ser humano es libre con limitaciones: tiene la libertad de querer el bien, pero, debido al “pecado original”, que Agustín concibe como una especie de “debilidad congénita de la voluntad”, no es libre para ser capaz del bien, para poder realizarlo. Solo por la gracia de Dios –a la que el hombre debe dar, no obstante, su libre consentimiento—recupera el dominio perdido sobre sí mismo. En esta doctrina de un Yo fuerte para querer pero impotente para actuar queda minimizada la libertad de acción de la persona

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